Pablo Sebastián, Estrella Digital, 25/10/2007
El Gobierno ha pasado sin problema el primer trámite de los Presupuestos Generales del 2008, una buena noticia para el presidente Zapatero en un tiempo en el que se le anunciaba una mayor dificultad. Pero el día no era propicio para los festejos porque la crisis de la gestión política y de las infraestructuras catalanas —ayer hubo nuevos problemas en el aeropuerto del Prat— inunda el debate político, en el que tampoco parece estar a la altura de las circunstancias y de la oportunidad el Partido Popular, preso de propios errores como la embestida de Rajoy al cambio climático.
Sin embargo, tras la crisis de gestión política catalana, en la que tienen sus respectivas cotas de responsabilidad los dos gobiernos, el de Madrid y el de la Generalitat, aparece un desapego general del resto de los españoles por causa del desprecio, cuando no de la agresión de la que han hecho gala, por acción u omisión, los gobernantes y la clase política catalana que se embarcó de manera irresponsable en una fuga hacia delante e inconstitucional, llena de gestos y de comportamientos que han provocado que, al día de hoy, sean muchos los españoles que no compadezcan ni compartan el malestar catalán porque desde Cataluña, sobre todo, ha primado la insolidaridad que abunda en el nuevo Estatuto catalán.
Amén de otros muchos disparates, que van del desprecio y la persecución del idioma español a la marginación de la bandera española, quema de las fotos del Rey y demás desafueros que dan prueba fehaciente de la falta de apego a cualquier atisbo de lealtad a la Constitución, de realismo político y social y de sentido común. Lo que no sólo provoca el rechazo en el resto de España sino que empequeñece la grandeza catalana y aísla su desarrollo y su crecimiento en un mundo global, en el que, como ocurre en la Unión Europea, sólo los estados fuertes tienen asegurado un privilegiado lugar, y no el popurrí de pequeños estados o de naciones sin Estado, destinados a ser cola de ratón en una frondosa jungla de poder dominada por las cabezas de león.
A igual que ocurre en la vida política nacional, con Zapatero o Rajoy, en la Cataluña actual los líderes políticos no han estado ni están a la altura de las circunstancias. Y, después del desbarajuste creado en torno al Estatuto, que primero votaron, luego rectificaron y finalmente aprobaron con una ridícula participación en el referendo –y está por ver el dictamen constitucional—, los gobernantes catalanes han vuelto a la penosa monserga de pedir dinero y a culpar a Madrid, o a España, de su incapacidad política al gestionar la vida pública —desde el Carmel, al AVE, pasando por el Prat, la electricidad, etcétera—, argumentando algunos que esto no pasaría desde la supuesta independencia o situación federal o confederal. La que sería inimaginable con una clase política marcada por un oportunismo nacionalista barato y sin el menor realismo, porque lo esencial en todo proceso descentralizador es la lealtad constitucional, y ésa, al día de hoy, no se ve en los partidos ni en los políticos —no estamos hablando del pueblo catalán, que es más sensato— del momento actual, sobre los que, además, pesan recientes sospechas de la más bochornosa corrupción o exenciones bancarias en destacados casos.
¿Por qué no se rompió el Ave a Sevilla, o no se rompe el de Málaga, el de Valladolid o el de Valencia? Han metido el tren por donde no debían, y lo han hecho todo muy mal, a la vez, con prisas y siempre llorando, cuando no implorando más dinero, por aquí y por allá, intentando impedir cualquier acuerdo de justa solidaridad con otras regiones de España, que están mucho más atrasadas. Y ¿saben cómo se ven hoy los actuales problemas catalanes desde otras regiones y pueblos de España? Imagínenselo.
El incidente provocado por Carod-Rovira en un debate de TVE cuando, con muy malos modales, exigió a los que le preguntaban que se le llamara Josep Lluís, en vez de José Luis, da una idea de todo lo demás. ¿Acaso no se le puso al Rey Juan Carlos en Barcelona, con motivo del foro aquel de las culturas, una placa con el nombre de Joan Carles? ¿Y se quejó, o enfadó, el Rey, o el Gobierno español? ¿Y qué creen que piensan en toda España cuando desde ERC, sentada en el Gobierno de la Generalitat, se apoya a ETA y a Batasuna, que son miembros de una banda criminal, ante el mayor de los silencios y la complicidad de políticos, gobernantes y hasta de los ciudadanos de a pie de Cataluña, que consideran que todo eso da igual? Y éstos son sólo dos ejemplos que resumen todo lo demás.
25.10.07
24.10.07
Los Ejércitos y la Fiesta Nacional
Juan Francisco Martín Seco, Estrella Digital, 24/10/2007
El 12 de octubre pasado, como todos los años, se celebró la llamada fiesta nacional. La conmemoración suele ser bastante parca. Todo queda reducido a un desfile militar en Madrid que, todo lo más, los niños ven —tan solo algún trozo— por televisión. Este año, sin embargo, se ha querido ir más allá y el líder de la oposición, sin demasiado éxito, ha realizado un llamamiento para que todos los ciudadanos, prietas las filas, mostrasen con algún gesto su devoción a la nación española y el culto a la bandera y demás signos. Mala estrategia la de querer atacar el nacionalismo periférico promoviendo el centralista.
Lo que hay que cuestionar es toda pretensión identitaria, las falsas hipóstasis sociales, la construcción de ídolos y fantasías colectivas. Frente a la nación, el internacionalismo y el Estado, entendido en términos funcionales, lo más extenso posible en un mundo globalizado, para que el poder democrático pueda regular y controlar al económico. ¡Ojala tuviéramos un Estado europeo! Carece de toda lógica suspirar por éste y querer debilitar y dinamitar el español.
Se ha dicho que el patriotismo es el último recurso de los canallas. Casi todos los males de la historia tienen su origen en palabras grandilocuentes, altisonantes: nación, patria, religión, cultura, civilización. Bush inmola a cientos de miles de personas y destruye ciudades en nombre de la gran nación americana y de la civilización occidental, y en nombre de la civilización occidental países como España mandan a sus mercenarios a morir a miles de kilómetros de distancia.
Hace más de un siglo, Pío Baroja realizó en su novela “Parados, rey” un buen retrato de esa dinámica colonizadora que se extiende hasta los momentos presentes. La acción se desarrolla en un país imaginario de África, Uganga. El ejército colonial francés, bien pertrechado, provisto de artillería y ametralladoras, en un solo día rompe la resistencia de los salvajes y arrasa la ciudad y las aldeas vecinas. Con la paz se introduce —según cuentan en la narración— el modo de vida europeo, empieza la violencia, la explotación racional del trabajo, la prostitución, los asesinatos y por supuesto enfermedades desconocidas para los aborígenes, la variolosis, el alcoholismo, la sífilis, etcétera. El novelista los denomina beneficios de la civilización occidental. La obra acaba con las palabras del sacerdote capellán del ejército: “Demos gracias a Dios, hermanos míos, porque la civilización verdadera, la civilización de la paz y la concordia de Cristo han entrado definitivamente en el reino de Uganga”.
Pío Baroja sin duda exagera. Utiliza la ficción para describir, cual Rousseau, una situación idílica del mundo salvaje. En la realidad no existen Arcadias, pero ¿cómo no reconocer en algunos de los elementos de la novela un relato fehaciente de lo que ha supuesto la dominación colonial? ¿Cómo no acordarse de la destrucción de las reducciones de los jesuitas en Paraguay? ¿Cómo no establecer cierto paralelismo con el lenguaje hipócrita de eso que se autotitula “comunidad internacional” y que es tan solo la comparsa del imperio?
Hoy, según parece, tenemos a todos nuestros ejércitos desempeñando labores humanitarias, misiones de paz, pero curiosamente matan y mueren, al igual que lo hacían en la época colonial, y, como en la época colonial, son solo los pobres los que perecen. Téngase la opinión que se tenga de Rodríguez Ibarra hay que reconocerle una cualidad, que no suele morderse la lengua y termina afirmando aquello que no cabe en lo políticamente correcto. Hace algunos días, cuando el fallecimiento en Afganistán de soldados españoles, proclamó una gran verdad: que a las misiones de paz solo van los pobres. Pero precisamente por eso levantó todo tipo de protestas de los bien pensantes y de los bien hablantes.
El ejército español, desde que es profesional, se nutre en su gran mayoría —por no decir en su totalidad— de las clases bajas, incluso en una proporción muy importante de emigrantes. En eso nos asemejamos a EEUU cuyas tropas las forman negros y chicanos El fenómeno, desde luego, no es nuevo y tiene antecedentes en nuestro propio país. Son múltiples los escritos y artículos de Blasco Ibáñez (“que vayan todos, pobres y ricos”, “el patriotismo de los capitalistas”, “carne de pobre”) en los que criticaba la forma en que se movilizaban los soldados que debían ir a combatir a Cuba. Podían librarse del reclutamiento pagando al gobierno 1.500 pesetas, es decir, a la guerra solo iban los que eran tan pobres como para no tener seis mil reales que les librasen de la contienda.
Hoy realizamos algo parecido los que tenemos “posibles” pagamos impuestos con el fin de comprar a otros que vayan a combatir en nuestro lugar o en el de nuestros hijos. Hoy, en el ejército, solo se enrolan los que son suficientemente pobres para no poder obtener recursos por otros medios. Como decía aquel torero, “más cornadas da el hambre”. Habría que preguntarse si las llamadas misiones de paz tendrían la misma aquiescencia oficial si los enrolados fuesen, por ejemplo, los hijos de los ministros, de los directores de periódico o de las cadenas de televisión, de los banqueros, de los empresarios, de los escritores, de los altos cargos.
Hay, sin embargo, una diferencia con lo que ocurría al final del siglo XIX. Entonces nadie dudaba, por lo menos en las filas de la izquierda, de que el sistema era injusto, y se reivindicaba una y otra vez su abolición y la implantación del servicio militar obligatorio. Hoy, por el contrario, lo progre parece que es el ejército profesional y se califica de loco al que propugna lo contrario.
21.10.07
No cuadra
No cuadra
Juan Francisco Martín Seco
26 de Septiembre de 2007, Estrella Digital
Hay cosas que difícilmente cuadran. Es una cantinela periódicamente escuchada y que se ha hecho persistente en los últimos días. “Cataluña presenta un gran déficit de infraestructuras”. Habría que preguntarse qué se quiere decir. Si lo que se trata de indicar es que no cuenta con las infraestructuras óptimas, entonces la afirmación parece una obviedad. Así entendida no solo es Cataluña la que tiene déficit de infraestructuras sino toda España. Lo de este verano es la prueba palpable de ello. Ahora le ha ocurrido a Cataluña, pero le podía haber sucedido a cualquier otra región o Comunidad; a cualquier otra Comunidad de las que tienen infraestructuras, claro, porque en algunos casos no es que funcionen mal es simplemente que carecen de ellas. Ya le gustaría a Galicia, por ejemplo, haber tenido los mismos problemas, siempre que estos estuviesen ocasionados por la implantación de un AVE que conexionase todas sus provincias.
Hacen bien los ciudadanos catalanes, al igual que debería hacer el resto, en exigir responsabilidades a los gobiernos autonómico y central por no obligar a las compañías eléctricas a realizar las inversiones adecuadas, o por no gestionar eficazmente los servicios de manera que las obras del AVE no interfiriesen en el funcionamiento de los trenes de cercanías. Pero lo que está fuera de toda lógica es pretender que tales problemas se generan porque Cataluña está discriminada con respecto al resto de España. Explicado así, el déficit de infraestructuras puede ser una cantinela útil a los políticos catalanes como cortina de humo para evitar sus responsabilidades, pero difícilmente se puede entender. No cuadra.
Solo desde una fijación paranoica es posible pensar que los distintos gobiernos de España, todos ellos con ministros catalanes en su composición, han tenido una animadversión especial a Cataluña y han decidido posponerla, presupuesto tras presupuesto, a otras Comunidades. Es más, sería de esperar que, dentro del Estado, una región tan maltratada se configurase como subdesarrollada y a la cola económica de las restantes. No parece ser ese el caso de Cataluña. ¿Será quizás que los catalanes cuentan con un gen especial que, a pesar de ser postergados por el gobierno de turno, se sobreponen y se colocan a la cabeza de todas las otras autonomías?
Existe un dato más que contribuye a que la ecuación no cuadre. Cataluña y el País Vasco cuentan con partidos nacionalistas que, dado nuestro sistema electoral, se convierten en bisagras necesarias para el gobierno. Su apoyo no suele ser gratuito y tampoco se produce en clave ideológica sino desde la óptica estrictamente nacionalista. El precio viene a consistir en prebendas y privilegios para sus respectivas regiones. Es difícil entender que en estas condiciones ambas Comunidades resulten perjudicadas en cualquier reparto. No cuadra, a no ser que consideremos que los partidos catalanes son todos unos ineptos e incompetentes.
Los que hablan del déficit de infraestructuras en Cataluña, suelen acudir, para justificar la necesidad de una mayor dotación, al tópico de que Cataluña es la locomotora de España. Ambas aseveraciones casan mal, no cuadran. Otras muchas regiones desearían convertirse también en locomotoras, lo que no parece posible si el sistema de reparto de las inversiones continúa manteniendo las desigualdades entre regiones y no permite la compensación.
La elaboración de los presupuestos del próximo año está dejando al descubierto el camino extremadamente peligroso por el que nos hemos adentrado a partir del Estatuto catalán: la negociación bilateral del Gobierno con cada una de las autonomías, o por lo menos con algunas de ellas, a la hora de fijar la financiación. Es verdad que hasta ahora –como ya se ha dicho– determinadas autonomías obtenían ventajas adicionales mediante el chantaje nacionalista (pecado original de nuestro sistema electoral), pero al menos el sistema de financiación autonómica era igual para todas (exceptuando a las Comunidades de régimen foral) y la cuota de cada una se determinaba de forma conjunta. Este principio no solo se ha roto, sino que algunos de los elementos de financiación se han incluido en los estatutos de autonomía blindándolos de esta manera para toda posible reforma.
Pretender que el porcentaje de inversiones que corresponde a cada Comunidad se fije en función de su participación en el PIB, tal como determina el Estatuto de Cataluña es sin duda beneficiar a las autonomías ricas y condenar a las pobres a que continúen en su precariedad. Es un criterio que estas últimas no pueden aceptar. Por ello Andalucía ha intentado escoger otra clave de distribución: la demográfica, en función de la población. No logra alcanzar las cotas de Cataluña pero al menos sus políticos se justifican.
Aplicar criterios distintos a las distintas Comunidades, esto es, el que más convenga a cada una de ellas, lleva a la contradicción. No cuadra. Las partes no pueden sumar más que el todo. Alguna o algunas Comunidades saldrán perjudicadas. Pretender convencernos, como hace algún periódico, de que todas ganan es una ingenuidad o ganas de intoxicar. Desde luego quien pierde en su conjunto es la sociedad española, ya que las inversiones públicas –lejos de decidirse por un criterio de oportunidad, necesidad o eficacia– se determinarán según un criterio geográfico y en función del poder político de cada una de las autonomías. Llevando el procedimiento a sus últimas consecuencias, podría ocurrir que una carretera terminase en un determinado límite provincial y no pueda continuar porque comienza otra autonomía que no está incluida en el reparto. Difícil de entender, difícil de cuadrar.
Juan Francisco Martín Seco
26 de Septiembre de 2007, Estrella Digital
Hay cosas que difícilmente cuadran. Es una cantinela periódicamente escuchada y que se ha hecho persistente en los últimos días. “Cataluña presenta un gran déficit de infraestructuras”. Habría que preguntarse qué se quiere decir. Si lo que se trata de indicar es que no cuenta con las infraestructuras óptimas, entonces la afirmación parece una obviedad. Así entendida no solo es Cataluña la que tiene déficit de infraestructuras sino toda España. Lo de este verano es la prueba palpable de ello. Ahora le ha ocurrido a Cataluña, pero le podía haber sucedido a cualquier otra región o Comunidad; a cualquier otra Comunidad de las que tienen infraestructuras, claro, porque en algunos casos no es que funcionen mal es simplemente que carecen de ellas. Ya le gustaría a Galicia, por ejemplo, haber tenido los mismos problemas, siempre que estos estuviesen ocasionados por la implantación de un AVE que conexionase todas sus provincias.
Hacen bien los ciudadanos catalanes, al igual que debería hacer el resto, en exigir responsabilidades a los gobiernos autonómico y central por no obligar a las compañías eléctricas a realizar las inversiones adecuadas, o por no gestionar eficazmente los servicios de manera que las obras del AVE no interfiriesen en el funcionamiento de los trenes de cercanías. Pero lo que está fuera de toda lógica es pretender que tales problemas se generan porque Cataluña está discriminada con respecto al resto de España. Explicado así, el déficit de infraestructuras puede ser una cantinela útil a los políticos catalanes como cortina de humo para evitar sus responsabilidades, pero difícilmente se puede entender. No cuadra.
Solo desde una fijación paranoica es posible pensar que los distintos gobiernos de España, todos ellos con ministros catalanes en su composición, han tenido una animadversión especial a Cataluña y han decidido posponerla, presupuesto tras presupuesto, a otras Comunidades. Es más, sería de esperar que, dentro del Estado, una región tan maltratada se configurase como subdesarrollada y a la cola económica de las restantes. No parece ser ese el caso de Cataluña. ¿Será quizás que los catalanes cuentan con un gen especial que, a pesar de ser postergados por el gobierno de turno, se sobreponen y se colocan a la cabeza de todas las otras autonomías?
Existe un dato más que contribuye a que la ecuación no cuadre. Cataluña y el País Vasco cuentan con partidos nacionalistas que, dado nuestro sistema electoral, se convierten en bisagras necesarias para el gobierno. Su apoyo no suele ser gratuito y tampoco se produce en clave ideológica sino desde la óptica estrictamente nacionalista. El precio viene a consistir en prebendas y privilegios para sus respectivas regiones. Es difícil entender que en estas condiciones ambas Comunidades resulten perjudicadas en cualquier reparto. No cuadra, a no ser que consideremos que los partidos catalanes son todos unos ineptos e incompetentes.
Los que hablan del déficit de infraestructuras en Cataluña, suelen acudir, para justificar la necesidad de una mayor dotación, al tópico de que Cataluña es la locomotora de España. Ambas aseveraciones casan mal, no cuadran. Otras muchas regiones desearían convertirse también en locomotoras, lo que no parece posible si el sistema de reparto de las inversiones continúa manteniendo las desigualdades entre regiones y no permite la compensación.
La elaboración de los presupuestos del próximo año está dejando al descubierto el camino extremadamente peligroso por el que nos hemos adentrado a partir del Estatuto catalán: la negociación bilateral del Gobierno con cada una de las autonomías, o por lo menos con algunas de ellas, a la hora de fijar la financiación. Es verdad que hasta ahora –como ya se ha dicho– determinadas autonomías obtenían ventajas adicionales mediante el chantaje nacionalista (pecado original de nuestro sistema electoral), pero al menos el sistema de financiación autonómica era igual para todas (exceptuando a las Comunidades de régimen foral) y la cuota de cada una se determinaba de forma conjunta. Este principio no solo se ha roto, sino que algunos de los elementos de financiación se han incluido en los estatutos de autonomía blindándolos de esta manera para toda posible reforma.
Pretender que el porcentaje de inversiones que corresponde a cada Comunidad se fije en función de su participación en el PIB, tal como determina el Estatuto de Cataluña es sin duda beneficiar a las autonomías ricas y condenar a las pobres a que continúen en su precariedad. Es un criterio que estas últimas no pueden aceptar. Por ello Andalucía ha intentado escoger otra clave de distribución: la demográfica, en función de la población. No logra alcanzar las cotas de Cataluña pero al menos sus políticos se justifican.
Aplicar criterios distintos a las distintas Comunidades, esto es, el que más convenga a cada una de ellas, lleva a la contradicción. No cuadra. Las partes no pueden sumar más que el todo. Alguna o algunas Comunidades saldrán perjudicadas. Pretender convencernos, como hace algún periódico, de que todas ganan es una ingenuidad o ganas de intoxicar. Desde luego quien pierde en su conjunto es la sociedad española, ya que las inversiones públicas –lejos de decidirse por un criterio de oportunidad, necesidad o eficacia– se determinarán según un criterio geográfico y en función del poder político de cada una de las autonomías. Llevando el procedimiento a sus últimas consecuencias, podría ocurrir que una carretera terminase en un determinado límite provincial y no pueda continuar porque comienza otra autonomía que no está incluida en el reparto. Difícil de entender, difícil de cuadrar.
Escritores hispanoamericanos contra el nacionalismo
http://contraelnacionalismo.blogspot.com/
contra el nacionalismo
lunes 15 de octubre de 2007
1-¿Hacia dónde avanza el nacionalismo catalán? La pregunta, por supuesto, puede hacerse extensiva a otros nacionalismos y a su significado en las sociedades modernas. Al uso político de unos presuntos “valores de identidad” en tanto “pequeña realidad” alrededor de la cual la sociedad debería “contraerse”, suprimiendo de forma coercitiva las diferencias —ya en sí mismas modernas y complejas—, en nombre de una presunta homogeneidad de origen.
2-El nacionalismo catalán se articula hoy a través de una violencia más o menos solapada, que opera institucionalmente revestida de “buenas maneras” y apoyándose en una historia de “exclusión” y “renacimiento” para proteger “valores de identidad” o “etno-históricos”. A lo cual se añade un reciente nacionalismo radical, que basa en la agresividad hacia los valores y las normas democráticas su política de exclusiones.
3-Pero la sociedad catalana no es sólo multilingüe. No se trata sólo -ni en primer lugar- del lenguaje. Demasiadas variables culturales confluyen actualmente en Cataluña como para que una minoría intente promover un colapso identitario. El nacionalismo no acaba de entender que la aplicación de una lengua no convierte al hablante en la identidad que esa lengua cree reproducir. Ni quiere entender que dicho esfuerzo por parametrar las operaciones lingüísticas no resuelve ni resolverá jamás el complejo problema de las identidades en el mundo moderno. Por otra parte, a partir de tales instrumentaciones –recordemos que el entramado institucional catalán, pagado con el dinero público de contribuyentes bilingües, apoya casi exclusivamente proyectos, eventos y políticas culturales enmarcadas dentro de la lengua catalana–, se crean fracturas innecesarias entre lenguas y culturas que hasta ahora han logrado crear vínculos y armonías saludables.
4-Hoy, en Cataluña, el entramado político, cultural y educacional ejerce una política francamente totalitaria. La reciente Feria de Frankfurt —donde la cultura catalana fue el invitado especial— resulta un ejemplo de cómo puede manifestarse una opción totalitaria desde una sociedad democrática. De cómo se pueden manipular los nombres y las realidades culturales. De cómo el nacionalismo puede quebrar la complejidad de una literatura y reordenarla según mecanismos que no emanan de la complejidad y riqueza de esa misma literatura. Y de cómo la injerencia de los grupos políticos en el campo libre de la creación y la cultura no es sólo una gesticulación ridícula, sino también desestabilizadora y destructiva para la cultura en general y el equilibro social de una sociedad perfectamente bilingüe.
5-Podría pensarse que la reciente expulsión de una escritora latinoamericana de la emisora Catalunya Ràdio por no hablar en catalán es un acto extremo. Pero lo cierto es que hoy muchas instituciones catalanas practican hoy políticas despóticas contra los hablantes en castellano a todos los niveles de la sociedad. En Cataluña se reproducen modelos de control lingüístico en todos los ámbitos —en las aulas, en las universidades, en las oficinas de cultura, en el comercio—, que, junto a las leyes y normas que éstos aprueban y ponen en práctica, conforman una realidad institucional amenazante. No es sólo el sistema de normas y reglamentaciones lo que crea el contexto social totalitario. El “miedo” y la “culpabilidad” son dos emblemas que se usan para ejercer presión sobre los hablantes en castellano. El miedo a ser excluido. La culpabilidad de pertenecer a una lengua “imperial”.
6-¿Qué le espera a Cataluña si se produce una “desagregación” de España? Los actuales síntomas pueden leerse como el preludio de un futuro inquietante, pues la dinámica de una sociedad democrática, que rebasa el reduccionismo identitario, se vería gravemente comprometida por regresiones delirantes sustentadas en valores parciales como la lengua. Regresiones que, en el fondo, no esconden sino el juego de unos poderes que no tienen nada que ver con la libertad esencial de la cultura.
ESCRITORES RESIDENTES EN CATALUÑA QUE SUSCRIBEN LA CARTA
Aníbal Cristobo (escritor argentino)
Ginés Gorriz (escritor cubano)
Ernesto Hernández Busto (escritor cubano)
Pedro Marqués de Armas (escritor cubano)
Radamés Molina (escritor cubano)
Ana Nuño (escritora catalana de origen venezolano)
Rolando Sánchez Mejías (escritor cubano)
Rogelio Saunders (escritor cubano)
Leonardo Valencia (escritor ecuatoriano)
FIRMAS DE APOYO
Carlos Aguilera (escritor cubano)
Jorge Luis Arcos (escritor cubano)
José Eduardo Barros (psicoanalista y fotógrafo brasileño)
Gabriel Bernal Granados (escritor mexicano)
Charles Bernstein (poeta norteamericano)
Régis Bonvicino (escritor brasileño)
Wilson Bueno (escritor brasileño)
David Bustos (escritor chileno)
Fabiano Calixto (poeta brasileño)
Francesc de Carreras (escritor y académico catalán)
Odile Cisneros (traductora y escritora mexicano-norteamericana)
Luis Dolhnikoff (poeta brasileño)
Arcadi Espada (escritor catalán)
Alfredo Fressia (escritor uruguayo)
José Kozer (escritor cubano)
Iván García López (escritor mexicano)
Willy Gómez Migliaro (escritor peruano)
Iván Humanes (escritor catalán)
Jorge A. Pomar (traductor y escritor cubano)
Javier (Azúcar) Iglesias (escritor cubano)
Jose Iraola (pintor cubano)
Jorge Mata (artista plástico cubano)
Santiago Méndez Alpízar (escritor cubano)
Julio Moracen Naranjo (escritor y antropólogo cubano)
Idalia Morejón (escritora cubana)
Antônio Moura (escritor brasileño)
Félix Ovejero (escritor y académico catalán)
Renata Pallottini (escritora brasileña)
Manuel Pereira (escritor cubano)
Xavier Pericay (escritor de origen catalán)
Armando Pinto (escritor mexicano)
Antonio José Ponte (escritor cubano)
José Prats Sariol (escritor cubano)
Solange Rebuzzi (escritora brasileña)
Efraín Rodríguez Santana (escritor cubano)
Jayro Schmidt (artista y escritor brasileño)
Stanislav Skoda (periodista y editor checo)
Leila Soraya Menezes (escritora brasileña)
Michel D. Suárez Sian (periodista cubano)
Daniel Tercero (periodista español)
Amir Valle (escritor cubano residente en Alemania)
Josely Vianna Baptista (escritora y traductora brasileña)
Fabio Weintraub (poeta y editor brasileño)
contra el nacionalismo
lunes 15 de octubre de 2007
1-¿Hacia dónde avanza el nacionalismo catalán? La pregunta, por supuesto, puede hacerse extensiva a otros nacionalismos y a su significado en las sociedades modernas. Al uso político de unos presuntos “valores de identidad” en tanto “pequeña realidad” alrededor de la cual la sociedad debería “contraerse”, suprimiendo de forma coercitiva las diferencias —ya en sí mismas modernas y complejas—, en nombre de una presunta homogeneidad de origen.
2-El nacionalismo catalán se articula hoy a través de una violencia más o menos solapada, que opera institucionalmente revestida de “buenas maneras” y apoyándose en una historia de “exclusión” y “renacimiento” para proteger “valores de identidad” o “etno-históricos”. A lo cual se añade un reciente nacionalismo radical, que basa en la agresividad hacia los valores y las normas democráticas su política de exclusiones.
3-Pero la sociedad catalana no es sólo multilingüe. No se trata sólo -ni en primer lugar- del lenguaje. Demasiadas variables culturales confluyen actualmente en Cataluña como para que una minoría intente promover un colapso identitario. El nacionalismo no acaba de entender que la aplicación de una lengua no convierte al hablante en la identidad que esa lengua cree reproducir. Ni quiere entender que dicho esfuerzo por parametrar las operaciones lingüísticas no resuelve ni resolverá jamás el complejo problema de las identidades en el mundo moderno. Por otra parte, a partir de tales instrumentaciones –recordemos que el entramado institucional catalán, pagado con el dinero público de contribuyentes bilingües, apoya casi exclusivamente proyectos, eventos y políticas culturales enmarcadas dentro de la lengua catalana–, se crean fracturas innecesarias entre lenguas y culturas que hasta ahora han logrado crear vínculos y armonías saludables.
4-Hoy, en Cataluña, el entramado político, cultural y educacional ejerce una política francamente totalitaria. La reciente Feria de Frankfurt —donde la cultura catalana fue el invitado especial— resulta un ejemplo de cómo puede manifestarse una opción totalitaria desde una sociedad democrática. De cómo se pueden manipular los nombres y las realidades culturales. De cómo el nacionalismo puede quebrar la complejidad de una literatura y reordenarla según mecanismos que no emanan de la complejidad y riqueza de esa misma literatura. Y de cómo la injerencia de los grupos políticos en el campo libre de la creación y la cultura no es sólo una gesticulación ridícula, sino también desestabilizadora y destructiva para la cultura en general y el equilibro social de una sociedad perfectamente bilingüe.
5-Podría pensarse que la reciente expulsión de una escritora latinoamericana de la emisora Catalunya Ràdio por no hablar en catalán es un acto extremo. Pero lo cierto es que hoy muchas instituciones catalanas practican hoy políticas despóticas contra los hablantes en castellano a todos los niveles de la sociedad. En Cataluña se reproducen modelos de control lingüístico en todos los ámbitos —en las aulas, en las universidades, en las oficinas de cultura, en el comercio—, que, junto a las leyes y normas que éstos aprueban y ponen en práctica, conforman una realidad institucional amenazante. No es sólo el sistema de normas y reglamentaciones lo que crea el contexto social totalitario. El “miedo” y la “culpabilidad” son dos emblemas que se usan para ejercer presión sobre los hablantes en castellano. El miedo a ser excluido. La culpabilidad de pertenecer a una lengua “imperial”.
6-¿Qué le espera a Cataluña si se produce una “desagregación” de España? Los actuales síntomas pueden leerse como el preludio de un futuro inquietante, pues la dinámica de una sociedad democrática, que rebasa el reduccionismo identitario, se vería gravemente comprometida por regresiones delirantes sustentadas en valores parciales como la lengua. Regresiones que, en el fondo, no esconden sino el juego de unos poderes que no tienen nada que ver con la libertad esencial de la cultura.
ESCRITORES RESIDENTES EN CATALUÑA QUE SUSCRIBEN LA CARTA
Aníbal Cristobo (escritor argentino)
Ginés Gorriz (escritor cubano)
Ernesto Hernández Busto (escritor cubano)
Pedro Marqués de Armas (escritor cubano)
Radamés Molina (escritor cubano)
Ana Nuño (escritora catalana de origen venezolano)
Rolando Sánchez Mejías (escritor cubano)
Rogelio Saunders (escritor cubano)
Leonardo Valencia (escritor ecuatoriano)
FIRMAS DE APOYO
Carlos Aguilera (escritor cubano)
Jorge Luis Arcos (escritor cubano)
José Eduardo Barros (psicoanalista y fotógrafo brasileño)
Gabriel Bernal Granados (escritor mexicano)
Charles Bernstein (poeta norteamericano)
Régis Bonvicino (escritor brasileño)
Wilson Bueno (escritor brasileño)
David Bustos (escritor chileno)
Fabiano Calixto (poeta brasileño)
Francesc de Carreras (escritor y académico catalán)
Odile Cisneros (traductora y escritora mexicano-norteamericana)
Luis Dolhnikoff (poeta brasileño)
Arcadi Espada (escritor catalán)
Alfredo Fressia (escritor uruguayo)
José Kozer (escritor cubano)
Iván García López (escritor mexicano)
Willy Gómez Migliaro (escritor peruano)
Iván Humanes (escritor catalán)
Jorge A. Pomar (traductor y escritor cubano)
Javier (Azúcar) Iglesias (escritor cubano)
Jose Iraola (pintor cubano)
Jorge Mata (artista plástico cubano)
Santiago Méndez Alpízar (escritor cubano)
Julio Moracen Naranjo (escritor y antropólogo cubano)
Idalia Morejón (escritora cubana)
Antônio Moura (escritor brasileño)
Félix Ovejero (escritor y académico catalán)
Renata Pallottini (escritora brasileña)
Manuel Pereira (escritor cubano)
Xavier Pericay (escritor de origen catalán)
Armando Pinto (escritor mexicano)
Antonio José Ponte (escritor cubano)
José Prats Sariol (escritor cubano)
Solange Rebuzzi (escritora brasileña)
Efraín Rodríguez Santana (escritor cubano)
Jayro Schmidt (artista y escritor brasileño)
Stanislav Skoda (periodista y editor checo)
Leila Soraya Menezes (escritora brasileña)
Michel D. Suárez Sian (periodista cubano)
Daniel Tercero (periodista español)
Amir Valle (escritor cubano residente en Alemania)
Josely Vianna Baptista (escritora y traductora brasileña)
Fabio Weintraub (poeta y editor brasileño)
1.10.07
La patria gutural
ANTONIO MUÑOZ MOLINA 01/10/2007
Hay indicios crecientes de que el patriotismo extremo conduce a las afecciones de garganta y a un incremento peligroso de la tensión arterial, así como a la recuperación de impulsos ancestrales tan nobles como el escrutinio de la limpieza de sangre y las hogueras purificadoras. El patriota enronquece al manifestar la vehemencia de sus sentimientos, y las palabras brotan de sus cuerdas vocales más como interjecciones, rugidos o gruñidos que como sonidos inteligibles. La pasión le enrojece la cara y le hincha las venas del cuello, con el consiguiente peligro de trombosis o de infarto cerebral. Tuve ocasión de observar de cerca estos síntomas hace ya más de un cuarto de siglo, cuando servía a la patria en mi calidad de soldado de reemplazo, y también cuando tenía la mala fortuna de presenciar alguna concentración de extrema derecha, en aquellos tiempos poco idílicos que vinieron antes e inmediatamente después del intento de golpe de Estado de Tejero. En los cuarteles había algunos mandos modernos y muchos otros acomodaticios, y unos cuantos, temibles, que cultivaban la oratoria del patriotismo gutural. En sus gargantas, la palabra España sonaba como un disparo seco de fusil, casi siempre acompañada de vivas y mueras; se les hinchaban mucho las venas del cuello, y en su vocabulario abundaban palabras como traidor, cobarde, etc. La patria era una cuestión glandular: su órgano rector no estaba situado en el cerebro o en el interior del pecho, sino un poco más abajo, en la entrepierna hipertrófica, que era también la que regía ese mérito inexcusable del patriota, el coraje físico, o, para ser más precisos, aunque algo más crudos, los cojones. La patria de aquella gente estaba definida no por el censo de los compatriotas a los que acogía, sino por los que expulsaba, por los que aniquilaba con sólo mencionarlos. El viva ronco a la patria casi nunca era tan apasionado como el muera con que se fulminaba a sus enemigos, o, peor aún, a los tibios que no la sentían con la debida vehemencia, por no hablar de los traidores que llevándola en la sangre abjuraban de ella.
Al cabo de casi treinta años, de aquellos patriotas genitales, con o sin camisas azules, con o sin uniforme, quedan algunos espectros dispersos que se aparecen en lugares señalados en torno al 20 de noviembre. En cuanto al ejército en el que tantas esperanzas tenían, se ha civilizado acatando escrupulosamente la autoridad civil, y cumpliendo por el mundo misiones de paz y de sustento de la democracia que merecerían más publicidad y gratitud de las que reciben, y que no dejan de asombrarnos a quienes conocimos por dentro aquella institución ineficiente y lóbrega heredada del franquismo.
Los militares se han civilizado, en el sentido literal de la palabra, a lo largo de los últimos veinticinco años, pero en ese mismo tiempo, un número creciente de civiles se han embrutecido. Ahora, el patriotismo extremo no está en aquellas juras de bandera en las que el coronel del regimiento nos alentaba a dar la vida heroicamente por España, posibilidad dudosa si se miraba a corta distancia a los reclutas muertos de aburrimiento, armados con fusiles viejos y vestidos con uniformes no muy limpios que nutríamos las filas de la leva forzosa. Lo he vuelto a ver, no sin estremecerme, en esas imágenes ahora tan frecuentes de la televisión que muestran a los patriotas desatados en Cataluña y en el País Vasco, los que gritaban detrás de livianas vallas de seguridad durante la ofrenda floral del 11 de septiembre en Barcelona o los que acosaban a esa alcaldesa de una aldea vizcaína que ha tenido la singular audacia de cumplir la ley. Otras veces, es verdad, los he visto en persona, y mucho más de cerca. El año pasado, en la plaza de Sant Jaume, manifestaban su indignación por la presencia en Barcelona de mi mujer, Elvira Lindo, y colateralmente la mía, llamándonos asesinos y españoles, y sugiriéndonos la conveniencia de regresar a África, y repitiendo un eslogan que aún hoy me causa cierta intriga: "Bilingüismo es fascismo".
Para un experto en padecer como un escalofrío literal en la nuca la proximidad de los patriotas terminales, me temo que los signos son inequívocos: la cara enrojecida, la hinchazón de las venas del cuello, las gargantas rasposas
como lija después de un esfuerzo sin duda heroico pero también agotador emitiendo interjecciones, amenazas, insultos y anatemas, vivas y mueras. Los patriotas catalanes del once de septiembre, tempestuosos de banderas y enrojecidos por el entusiasmo y por el sol detrás de las vallas que contenían con dificultad su bravura, me recordaron a los que vi aclamar hace muchos años al general Franco en el paseo de la Castellana, hacia 1970, en mi primer viaje a Madrid.
Qué miedo daban. Qué miedo dan éstos. Se me dirá que no es igual aclamar a Franco que a ese actor moderno que al parecer es la estrella más reciente de la soberanía catalana, dar vivas a "Catalunya lliure" o a "Euskadi Askatuta" que a España una, grande y, qué coincidencia, libre. Sinceramente, aparte del vestuario, no veo grandes diferencias. (Imagino, por cierto, que ese actor llevará su coherencia al extremo de no aceptar papeles o remuneraciones que procedan del país opresor). El ronco patriotismo español que padecí durante la primera parte de mi vida se había construido sobre la negación política, cultural y física de los considerados enemigos, de los tibios y de los traidores. Ahora leo en un ilustrado manifiesto catalán que quien no esté de acuerdo con no sé qué afirmaciones patrióticas es "un traidor, un cobarde o un español". Gran adelanto. Las patrias guturales se construyen mediante la adhesión fervorosa, la acomodación y el sometimiento, pero también exigen la limpieza de sangre y la expulsión o la huida de los que no encajan. A uno lo invitan a marcharse, o le hacen la vida cada vez más difícil, o se la hacen del todo imposible mediante el procedimiento extremo de arrebatársela, que es además una excelente medida disuasoria, pues casi todo el mundo, sin necesidad de ser cobarde, español o traidor, ama la vida más que la libertad, y prefiere el silencio o la simulación al destierro.
El patriota necesita traidores y enemigos igual que el inquisidor necesita herejes, y los dos desarrollan una curiosa inclinación por los autos de fe. Nada purifica como el fuego. Los quemadores de banderas y los quemadores de efigies arman sus hogueras entre la aclamación bárbara de sus feligresías, y las diferencias circunstanciales son mucho menos reveladoras que las similitudes, que la terrible fuerza de los símbolos. Quien quema una bandera o un retrato o quien ruge ante las llamas está complaciéndose en el instinto arcaico de un fuego que elimine al adversario y restablezca una pureza siniestra sobre las cenizas. Dicen que cuando Freud supo, aún en su despacho de Viena, que en Alemania los nazis estaban quemando sus libros, comentó secamente: "Vamos progresando. En la Edad Media me habrían quemado a mí". Pero si no lo quemaron a él, como a varios millones de sus semejantes, fue porque había huido antes de que el gran incendio que había comenzado con los libros consumiera a muchos millones de seres humanos.
No hago abusivas comparaciones históricas: digo que cuando se apela al fuego, al rugido y al anatema, la consistencia frágil de la civilización se está debilitando, y con ella el pluralismo que es su valor más preciado, y que no subsiste bajo la coacción. Digo también que quien ruge un "muera" está deseando de verdad la muerte de otro, y que quien envía un anónimo con la foto de una cabeza atravesada por una bala está alentando el asesinato y confiando al terror la tarea desagradable de limpiarle la patria de traidores y cobardes, es decir, supongo, de españoles. Y también digo que un indicio de la confusión ideológica que reina en España es que a esa gente se la considere de izquierdas.
Que la condición nacional o el origen de una persona sean en sí mismo los peores insultos es otro rasgo que distingue a los grandes patriotas. Bien mirado, casi es un refinamiento: no hace falta que te llamen "negro asqueroso", "cerdo judío", "moro de mierda", "español cabrón", porque eso implicaría no sólo un mayor esfuerzo verbal, sino también el reconocimiento de que puede haber negros limpios, judíos decentes, moros respetables, españoles bondadosos.
Cuando mi mujer y yo escuchábamos que se nos llamaba españoles y se nos alentaba a volver a África, personas educadas y afables nos animaban a no hacer caso de aquellos patriotas, diciéndonos que eran "cuatro gatos" (si bien habían considerado conveniente que pasáramos delante de ellos en un coche con los cristales ahumados, no fueran a arañarnos). Algo así viene a decir Rosa Montero en un artículo reciente, en el que descarta como gamberros a quienes quemaron con tanto jolgorio las fotos de los Reyes, y lo mismo hemos escuchado cuando en el País Vasco se habla de esa chusma que incendia autobuses y cajeros automáticos o que no deja vivir a un pobre concejal de pueblo: cuatro gatos, unos gamberros, los de siempre, una minoría de exaltados. Esa disculpa de la irrelevancia de los bárbaros le viene bien a una clase intelectual que debería ser la primera en avisar del peligro y tiene así una coartada para mirar hacia otro lado ahorrándose incomodidades y molestias, al menos a corto plazo. ¿Desde cuándo hace falta una mayoría para sembrar el miedo y amputar las libertades, para amargarle la vida a las personas decentes, incluso para quitársela a alguna de ellas? Los patriotas guturales no necesitan ser muchos para imponer su ley, porque a la mayor parte de nosotros la violencia física nos amedrenta enseguida. Por eso han sido siempre la clase de tropa y, en caso necesario, la carne de cañón que echan por delante quienes se benefician de su bravura patriótica con el ánimo sereno y las manos limpias, quienes construyen sus hegemonías políticas y sus estupendos negocios sobre la brutalidad chantajista de unos cuantos y la conformidad interesada, la indiferencia o la claudicación civil de la mayoría. La patria gutural y la democracia son incompatibles, como sabemos bien quienes crecimos sufriendo la primera y deseando que llegara la segunda. Lo que está en juego ahora mismo en los territorios donde más rugen los patriotas no es tanto la integridad o la dispersión del país, sino la supervivencia misma de las libertades.
Publicado en El País
01/10/2007
Hay indicios crecientes de que el patriotismo extremo conduce a las afecciones de garganta y a un incremento peligroso de la tensión arterial, así como a la recuperación de impulsos ancestrales tan nobles como el escrutinio de la limpieza de sangre y las hogueras purificadoras. El patriota enronquece al manifestar la vehemencia de sus sentimientos, y las palabras brotan de sus cuerdas vocales más como interjecciones, rugidos o gruñidos que como sonidos inteligibles. La pasión le enrojece la cara y le hincha las venas del cuello, con el consiguiente peligro de trombosis o de infarto cerebral. Tuve ocasión de observar de cerca estos síntomas hace ya más de un cuarto de siglo, cuando servía a la patria en mi calidad de soldado de reemplazo, y también cuando tenía la mala fortuna de presenciar alguna concentración de extrema derecha, en aquellos tiempos poco idílicos que vinieron antes e inmediatamente después del intento de golpe de Estado de Tejero. En los cuarteles había algunos mandos modernos y muchos otros acomodaticios, y unos cuantos, temibles, que cultivaban la oratoria del patriotismo gutural. En sus gargantas, la palabra España sonaba como un disparo seco de fusil, casi siempre acompañada de vivas y mueras; se les hinchaban mucho las venas del cuello, y en su vocabulario abundaban palabras como traidor, cobarde, etc. La patria era una cuestión glandular: su órgano rector no estaba situado en el cerebro o en el interior del pecho, sino un poco más abajo, en la entrepierna hipertrófica, que era también la que regía ese mérito inexcusable del patriota, el coraje físico, o, para ser más precisos, aunque algo más crudos, los cojones. La patria de aquella gente estaba definida no por el censo de los compatriotas a los que acogía, sino por los que expulsaba, por los que aniquilaba con sólo mencionarlos. El viva ronco a la patria casi nunca era tan apasionado como el muera con que se fulminaba a sus enemigos, o, peor aún, a los tibios que no la sentían con la debida vehemencia, por no hablar de los traidores que llevándola en la sangre abjuraban de ella.
Al cabo de casi treinta años, de aquellos patriotas genitales, con o sin camisas azules, con o sin uniforme, quedan algunos espectros dispersos que se aparecen en lugares señalados en torno al 20 de noviembre. En cuanto al ejército en el que tantas esperanzas tenían, se ha civilizado acatando escrupulosamente la autoridad civil, y cumpliendo por el mundo misiones de paz y de sustento de la democracia que merecerían más publicidad y gratitud de las que reciben, y que no dejan de asombrarnos a quienes conocimos por dentro aquella institución ineficiente y lóbrega heredada del franquismo.
Los militares se han civilizado, en el sentido literal de la palabra, a lo largo de los últimos veinticinco años, pero en ese mismo tiempo, un número creciente de civiles se han embrutecido. Ahora, el patriotismo extremo no está en aquellas juras de bandera en las que el coronel del regimiento nos alentaba a dar la vida heroicamente por España, posibilidad dudosa si se miraba a corta distancia a los reclutas muertos de aburrimiento, armados con fusiles viejos y vestidos con uniformes no muy limpios que nutríamos las filas de la leva forzosa. Lo he vuelto a ver, no sin estremecerme, en esas imágenes ahora tan frecuentes de la televisión que muestran a los patriotas desatados en Cataluña y en el País Vasco, los que gritaban detrás de livianas vallas de seguridad durante la ofrenda floral del 11 de septiembre en Barcelona o los que acosaban a esa alcaldesa de una aldea vizcaína que ha tenido la singular audacia de cumplir la ley. Otras veces, es verdad, los he visto en persona, y mucho más de cerca. El año pasado, en la plaza de Sant Jaume, manifestaban su indignación por la presencia en Barcelona de mi mujer, Elvira Lindo, y colateralmente la mía, llamándonos asesinos y españoles, y sugiriéndonos la conveniencia de regresar a África, y repitiendo un eslogan que aún hoy me causa cierta intriga: "Bilingüismo es fascismo".
Para un experto en padecer como un escalofrío literal en la nuca la proximidad de los patriotas terminales, me temo que los signos son inequívocos: la cara enrojecida, la hinchazón de las venas del cuello, las gargantas rasposas
como lija después de un esfuerzo sin duda heroico pero también agotador emitiendo interjecciones, amenazas, insultos y anatemas, vivas y mueras. Los patriotas catalanes del once de septiembre, tempestuosos de banderas y enrojecidos por el entusiasmo y por el sol detrás de las vallas que contenían con dificultad su bravura, me recordaron a los que vi aclamar hace muchos años al general Franco en el paseo de la Castellana, hacia 1970, en mi primer viaje a Madrid.
Qué miedo daban. Qué miedo dan éstos. Se me dirá que no es igual aclamar a Franco que a ese actor moderno que al parecer es la estrella más reciente de la soberanía catalana, dar vivas a "Catalunya lliure" o a "Euskadi Askatuta" que a España una, grande y, qué coincidencia, libre. Sinceramente, aparte del vestuario, no veo grandes diferencias. (Imagino, por cierto, que ese actor llevará su coherencia al extremo de no aceptar papeles o remuneraciones que procedan del país opresor). El ronco patriotismo español que padecí durante la primera parte de mi vida se había construido sobre la negación política, cultural y física de los considerados enemigos, de los tibios y de los traidores. Ahora leo en un ilustrado manifiesto catalán que quien no esté de acuerdo con no sé qué afirmaciones patrióticas es "un traidor, un cobarde o un español". Gran adelanto. Las patrias guturales se construyen mediante la adhesión fervorosa, la acomodación y el sometimiento, pero también exigen la limpieza de sangre y la expulsión o la huida de los que no encajan. A uno lo invitan a marcharse, o le hacen la vida cada vez más difícil, o se la hacen del todo imposible mediante el procedimiento extremo de arrebatársela, que es además una excelente medida disuasoria, pues casi todo el mundo, sin necesidad de ser cobarde, español o traidor, ama la vida más que la libertad, y prefiere el silencio o la simulación al destierro.
El patriota necesita traidores y enemigos igual que el inquisidor necesita herejes, y los dos desarrollan una curiosa inclinación por los autos de fe. Nada purifica como el fuego. Los quemadores de banderas y los quemadores de efigies arman sus hogueras entre la aclamación bárbara de sus feligresías, y las diferencias circunstanciales son mucho menos reveladoras que las similitudes, que la terrible fuerza de los símbolos. Quien quema una bandera o un retrato o quien ruge ante las llamas está complaciéndose en el instinto arcaico de un fuego que elimine al adversario y restablezca una pureza siniestra sobre las cenizas. Dicen que cuando Freud supo, aún en su despacho de Viena, que en Alemania los nazis estaban quemando sus libros, comentó secamente: "Vamos progresando. En la Edad Media me habrían quemado a mí". Pero si no lo quemaron a él, como a varios millones de sus semejantes, fue porque había huido antes de que el gran incendio que había comenzado con los libros consumiera a muchos millones de seres humanos.
No hago abusivas comparaciones históricas: digo que cuando se apela al fuego, al rugido y al anatema, la consistencia frágil de la civilización se está debilitando, y con ella el pluralismo que es su valor más preciado, y que no subsiste bajo la coacción. Digo también que quien ruge un "muera" está deseando de verdad la muerte de otro, y que quien envía un anónimo con la foto de una cabeza atravesada por una bala está alentando el asesinato y confiando al terror la tarea desagradable de limpiarle la patria de traidores y cobardes, es decir, supongo, de españoles. Y también digo que un indicio de la confusión ideológica que reina en España es que a esa gente se la considere de izquierdas.
Que la condición nacional o el origen de una persona sean en sí mismo los peores insultos es otro rasgo que distingue a los grandes patriotas. Bien mirado, casi es un refinamiento: no hace falta que te llamen "negro asqueroso", "cerdo judío", "moro de mierda", "español cabrón", porque eso implicaría no sólo un mayor esfuerzo verbal, sino también el reconocimiento de que puede haber negros limpios, judíos decentes, moros respetables, españoles bondadosos.
Cuando mi mujer y yo escuchábamos que se nos llamaba españoles y se nos alentaba a volver a África, personas educadas y afables nos animaban a no hacer caso de aquellos patriotas, diciéndonos que eran "cuatro gatos" (si bien habían considerado conveniente que pasáramos delante de ellos en un coche con los cristales ahumados, no fueran a arañarnos). Algo así viene a decir Rosa Montero en un artículo reciente, en el que descarta como gamberros a quienes quemaron con tanto jolgorio las fotos de los Reyes, y lo mismo hemos escuchado cuando en el País Vasco se habla de esa chusma que incendia autobuses y cajeros automáticos o que no deja vivir a un pobre concejal de pueblo: cuatro gatos, unos gamberros, los de siempre, una minoría de exaltados. Esa disculpa de la irrelevancia de los bárbaros le viene bien a una clase intelectual que debería ser la primera en avisar del peligro y tiene así una coartada para mirar hacia otro lado ahorrándose incomodidades y molestias, al menos a corto plazo. ¿Desde cuándo hace falta una mayoría para sembrar el miedo y amputar las libertades, para amargarle la vida a las personas decentes, incluso para quitársela a alguna de ellas? Los patriotas guturales no necesitan ser muchos para imponer su ley, porque a la mayor parte de nosotros la violencia física nos amedrenta enseguida. Por eso han sido siempre la clase de tropa y, en caso necesario, la carne de cañón que echan por delante quienes se benefician de su bravura patriótica con el ánimo sereno y las manos limpias, quienes construyen sus hegemonías políticas y sus estupendos negocios sobre la brutalidad chantajista de unos cuantos y la conformidad interesada, la indiferencia o la claudicación civil de la mayoría. La patria gutural y la democracia son incompatibles, como sabemos bien quienes crecimos sufriendo la primera y deseando que llegara la segunda. Lo que está en juego ahora mismo en los territorios donde más rugen los patriotas no es tanto la integridad o la dispersión del país, sino la supervivencia misma de las libertades.
Publicado en El País
01/10/2007
10.11.06
Lección de Ciudadanía (...o En plenos morros)
Lección de ciudadanía
Fernando Savater
Publicado en la web de ¡Basta Ya! (http://bastaya.org/)
Tuve al principio la tentación de titular este artículo “En plenos morros” pero finalmente he optado por algo más educado. Sin embargo, la tentación de hacer la higa ha sido fuerte, al ver la conmoción provocada por los resultados que han obtenido Ciutadans en las pasadas elecciones catalanas. Primero –antes de que se votase- fue el vergonzoso silenciamiento y el mirar por encima del hombro, con conmiseración o ironía. Los medios de comunicación, sobre todo los específicos de la autonomía, apenas dedicaron al partido recién llegado la mínima atención, ni siquiera por el interés periodístico que podía representar la novedad de su propuesta. Después de los comicios, los mismos que les silenciaron empezaron a regañarles como si fuesen aquellos “pecadores de la pradera” a los que amonestaba Chiquito de la Calzada. Oímos que son la ultraderecha, la derecha de la ultraderecha, el regreso de Lerroux (¡no podía faltar la referencia al Emperador del Paralelo, ahora más bien para lelos!), pero al mismo tiempo un grupo izquierdista partidario de varias aberraciones morales y en el que no puede confiar la sana gente de orden. A un fulano muy entendido le oí decir por la radio en cinco minutos que eran un invento movido desde Madrid y que no tenían ningún futuro en el resto de España, porque se trataba de un fenómeno específicamente catalán. Por lo visto la antigua profesión de lacayo, que creíamos desaparecida con el fin de las grandes casas aristocráticas, se ha reciclado de modo que perdura en emisoras, televisiones y periódicos pero ahora al servicio de los magnates políticos.
¿A qué viene este partido de los Ciudadanos, que tanta incomodidad ha producido en los profesionales sempiternos de la política establecida al negarse dócilmente a desaparecer en la nada electoral, como ya se había dado por seguro? Desde mi punto de vista, aportan en primer lugar una actitud progresista que rechaza sin complejos la obligada devoción a nacionalismos pequeños o grandes. Digo “progresista”, no de izquierdas o derechas, porque creo que el verdadero progresismo se fabrica hoy con elementos pragmáticos tomados de los dos campos convencionales. Y ya resulta insostenible que porque un partido se llame “Izquierda Nose qué” sea progresista: si el progreso avanza hacia algo parecido a Javier Madrazo, es falso todo lo que cuenta tanto la teoría de la evolución como desde luego la del Diseño Inteligente. Vivimos en un país extraño: si uno se declara “anticapitalista”, recibe múltiples parabienes por su coraje solidario con los desheredados; si dice que es “anticomunista”, no le faltarán elogios por haber comprendido que no hay justicia sin libertad; pero si se confiesa “antinacionalista”…
Nada, a tanto no se atreve nadie. Lo único bien visto como máximo es ser “no nacionalista”, aunque siempre catalanista, vasquista, galleguista…¡o españolista! Pues bien, algunos –puede que muy pocos, puede que tampoco muchos de los Ciutadans, que oficialmente se dicen “no nacionalistas”- proclamamos abiertamente que somos antinacionalistas. Con el debido respeto a las personas, pero con no menor firmeza ante las ideas que nos resultan rechazables. Políticamente hablando, los nacionalistas me parecen obtusos e insaciables: obtusos por su visión patrimonialista y cerrada de la sociedad (v.gr., el peneuvista Rubalcaba en el pasado debate sobre autodeterminación, regalando España a los demás con tal de que su clan se quede con el País Vasco como si fuera su caserío) e insaciables, es decir que ninguna concesión descentralizadora logra nada más que abrirles el apetito de mayores privilegios y competencias exclusivas. Me gustaría poder votar a un partido que contrarrestase eficazmente, con habilidad política, los abusos separatistas; que mantuviese un discurso pedagógicamente explícito para aclarar que el derecho a la diferencia nunca es una diferencia de derechos; y que por supuesto defendiese la unidad constitucional como base del estado democrático pero sin concesiones a patrioterismos ni a ninguna esencial Idea de España. Dado el panorama actual: ¿a quién podemos votar, yo y quienes pensamos como yo? No sé si Ciutadans resuelve nuestro problema, pero al menos nos abre una esperanza.
Me gustaría por tanto que el partido de los Ciudadanos se extendiese a todas las circunscripciones electorales de España. La competencia, alarmada, intenta convencernos de que tal cosa no es posible porque el nacionalismo obligatorio sólo es problema en Cataluña, el País Vasco y quizá en Galicia. Pero es que los Ciudadanos no sólo pueden ni deben atender la urgencia antinacionalista. Hay otros temas conflictivos y vuelvo al ejemplo del hombre que conozco mejor –como diría Unamuno- o sea yo mismo. Como maestro, me parece imprescindible la Educación para la Ciudadanía en bachillerato y en cambio me resulta impresentable que un estado laico costee una asignatura de religión confesional, evaluable y válida para pasar curso, con un profesorado designado o revocado por los obispos y pagado por el erario público. Pues bien, según parece la asignatura de Educación Cívica –tras muchas grotesca polémicas- va a quedar reducida en el nuevo bachillerato a una hora semanal, lo que equivale a darle una existencia…semi-virtual. Y en cambio tendremos religión evaluable, etc… Como ese panorama me parece vergonzoso, no quiero apoyar al partido gubernamental que lo propone. Tampoco puedo votar al PP, que ha dicho ineptas perrerías sobre la Educación para la Ciudadanía y es capaz de dar más horas a la religión que a matemáticas o lengua, para complacer a los obispos. Izquierda Unida es una opción ya impracticable, por culpa de Madrazo y Cía. Entonces…¿a quién voto? Si Ciudadanos plantea este tema y otros semejantes, será útil en España entera.
En último término, la simple existencia de una alternativa razonable a los partidos mayoritarios es ya una ráfaga de aire fresco. Cuando yo tenía veinte años y nos metíamos en líos por alborotar contra el franquismo (por entonces la mayoría de los ardientes antifranquistas actuales iban a campamentos del Frente de Juventudes o no habían nacido todavía), nuestros mayores nos amonestaban: “¡Si ésto no os gusta, iros a Rusia!”. Como si fuese obligatorio ser devoto de Franco o de Stalin. Ahora les dicen algo parecido en el PSOE y en el PP a quienes disienten de la línea oficial: “¡Vete con los de enfrente!”. Sería estupendo poder responderles que nos vamos sí, pero con quien ellos no se lo esperan. El éxito de Ciutadans demuestra que además de quejarse, de decir que todo está peor que nunca, que el enemigo está crecido y ya ha ganado la partida (como los políticos insensatos repiten en el País Vasco) puede hacerse algo para cambiar las cosas a mejor. Allí en Cataluña, lo han logrado principalmente jóvenes, aunque alentados y ayudados por gente mayor. ¿A qué esperan los jóvenes realmente progresistas en el País Vasco?
Fernando Savater
Publicado en la web de ¡Basta Ya! (http://bastaya.org/)
Tuve al principio la tentación de titular este artículo “En plenos morros” pero finalmente he optado por algo más educado. Sin embargo, la tentación de hacer la higa ha sido fuerte, al ver la conmoción provocada por los resultados que han obtenido Ciutadans en las pasadas elecciones catalanas. Primero –antes de que se votase- fue el vergonzoso silenciamiento y el mirar por encima del hombro, con conmiseración o ironía. Los medios de comunicación, sobre todo los específicos de la autonomía, apenas dedicaron al partido recién llegado la mínima atención, ni siquiera por el interés periodístico que podía representar la novedad de su propuesta. Después de los comicios, los mismos que les silenciaron empezaron a regañarles como si fuesen aquellos “pecadores de la pradera” a los que amonestaba Chiquito de la Calzada. Oímos que son la ultraderecha, la derecha de la ultraderecha, el regreso de Lerroux (¡no podía faltar la referencia al Emperador del Paralelo, ahora más bien para lelos!), pero al mismo tiempo un grupo izquierdista partidario de varias aberraciones morales y en el que no puede confiar la sana gente de orden. A un fulano muy entendido le oí decir por la radio en cinco minutos que eran un invento movido desde Madrid y que no tenían ningún futuro en el resto de España, porque se trataba de un fenómeno específicamente catalán. Por lo visto la antigua profesión de lacayo, que creíamos desaparecida con el fin de las grandes casas aristocráticas, se ha reciclado de modo que perdura en emisoras, televisiones y periódicos pero ahora al servicio de los magnates políticos.
¿A qué viene este partido de los Ciudadanos, que tanta incomodidad ha producido en los profesionales sempiternos de la política establecida al negarse dócilmente a desaparecer en la nada electoral, como ya se había dado por seguro? Desde mi punto de vista, aportan en primer lugar una actitud progresista que rechaza sin complejos la obligada devoción a nacionalismos pequeños o grandes. Digo “progresista”, no de izquierdas o derechas, porque creo que el verdadero progresismo se fabrica hoy con elementos pragmáticos tomados de los dos campos convencionales. Y ya resulta insostenible que porque un partido se llame “Izquierda Nose qué” sea progresista: si el progreso avanza hacia algo parecido a Javier Madrazo, es falso todo lo que cuenta tanto la teoría de la evolución como desde luego la del Diseño Inteligente. Vivimos en un país extraño: si uno se declara “anticapitalista”, recibe múltiples parabienes por su coraje solidario con los desheredados; si dice que es “anticomunista”, no le faltarán elogios por haber comprendido que no hay justicia sin libertad; pero si se confiesa “antinacionalista”…
Nada, a tanto no se atreve nadie. Lo único bien visto como máximo es ser “no nacionalista”, aunque siempre catalanista, vasquista, galleguista…¡o españolista! Pues bien, algunos –puede que muy pocos, puede que tampoco muchos de los Ciutadans, que oficialmente se dicen “no nacionalistas”- proclamamos abiertamente que somos antinacionalistas. Con el debido respeto a las personas, pero con no menor firmeza ante las ideas que nos resultan rechazables. Políticamente hablando, los nacionalistas me parecen obtusos e insaciables: obtusos por su visión patrimonialista y cerrada de la sociedad (v.gr., el peneuvista Rubalcaba en el pasado debate sobre autodeterminación, regalando España a los demás con tal de que su clan se quede con el País Vasco como si fuera su caserío) e insaciables, es decir que ninguna concesión descentralizadora logra nada más que abrirles el apetito de mayores privilegios y competencias exclusivas. Me gustaría poder votar a un partido que contrarrestase eficazmente, con habilidad política, los abusos separatistas; que mantuviese un discurso pedagógicamente explícito para aclarar que el derecho a la diferencia nunca es una diferencia de derechos; y que por supuesto defendiese la unidad constitucional como base del estado democrático pero sin concesiones a patrioterismos ni a ninguna esencial Idea de España. Dado el panorama actual: ¿a quién podemos votar, yo y quienes pensamos como yo? No sé si Ciutadans resuelve nuestro problema, pero al menos nos abre una esperanza.
Me gustaría por tanto que el partido de los Ciudadanos se extendiese a todas las circunscripciones electorales de España. La competencia, alarmada, intenta convencernos de que tal cosa no es posible porque el nacionalismo obligatorio sólo es problema en Cataluña, el País Vasco y quizá en Galicia. Pero es que los Ciudadanos no sólo pueden ni deben atender la urgencia antinacionalista. Hay otros temas conflictivos y vuelvo al ejemplo del hombre que conozco mejor –como diría Unamuno- o sea yo mismo. Como maestro, me parece imprescindible la Educación para la Ciudadanía en bachillerato y en cambio me resulta impresentable que un estado laico costee una asignatura de religión confesional, evaluable y válida para pasar curso, con un profesorado designado o revocado por los obispos y pagado por el erario público. Pues bien, según parece la asignatura de Educación Cívica –tras muchas grotesca polémicas- va a quedar reducida en el nuevo bachillerato a una hora semanal, lo que equivale a darle una existencia…semi-virtual. Y en cambio tendremos religión evaluable, etc… Como ese panorama me parece vergonzoso, no quiero apoyar al partido gubernamental que lo propone. Tampoco puedo votar al PP, que ha dicho ineptas perrerías sobre la Educación para la Ciudadanía y es capaz de dar más horas a la religión que a matemáticas o lengua, para complacer a los obispos. Izquierda Unida es una opción ya impracticable, por culpa de Madrazo y Cía. Entonces…¿a quién voto? Si Ciudadanos plantea este tema y otros semejantes, será útil en España entera.
En último término, la simple existencia de una alternativa razonable a los partidos mayoritarios es ya una ráfaga de aire fresco. Cuando yo tenía veinte años y nos metíamos en líos por alborotar contra el franquismo (por entonces la mayoría de los ardientes antifranquistas actuales iban a campamentos del Frente de Juventudes o no habían nacido todavía), nuestros mayores nos amonestaban: “¡Si ésto no os gusta, iros a Rusia!”. Como si fuese obligatorio ser devoto de Franco o de Stalin. Ahora les dicen algo parecido en el PSOE y en el PP a quienes disienten de la línea oficial: “¡Vete con los de enfrente!”. Sería estupendo poder responderles que nos vamos sí, pero con quien ellos no se lo esperan. El éxito de Ciutadans demuestra que además de quejarse, de decir que todo está peor que nunca, que el enemigo está crecido y ya ha ganado la partida (como los políticos insensatos repiten en el País Vasco) puede hacerse algo para cambiar las cosas a mejor. Allí en Cataluña, lo han logrado principalmente jóvenes, aunque alentados y ayudados por gente mayor. ¿A qué esperan los jóvenes realmente progresistas en el País Vasco?
7.11.06
Estado residual
Juan Francisco Martín Seco
Estrella Digital, 16 de agosto de 2006
El pasado nueve de agosto, día de la entrada en vigor del Estatuto catalán, todos los medios de comunicación coincidían en apostillar que los catalanes no iban a notar nada especial. La aseveración resulta evidente. A corto plazo, todo va a seguir igual para los catalanes y para el resto de los españoles; las consecuencias negativas sólo aparecerán de forma gradual. Esa es la baza con la que cuenta el Gobierno para eludir un previsible coste electoral. No es de extrañar, pues, que tanto en el Gobierno como en el PSOE hayan caído fatal las declaraciones del presidente de la Generalitat; ponen al descubierto lo que se quiere tener oculto, o lo que se pretende relegar, cuanto antes mejor, al olvido.
Sin embargo, determinadas afirmaciones de Maragall responden a la verdad. En Cataluña , el Estado va a tener a partir de ahora una función puramente residual. Pero no sólo en Cataluña, porque las clases políticas de las correspondientes Autonomías convencerán a sus respectivos conciudadanos de que no pueden ser menos que los catalanes, con lo que el fenómeno se irá generalizando. En realidad, algo de eso está ocurriendo ya, y poco a poco el Estado va quedando reducido a su mínima expresión, al tiempo que, por más que se quiera, las Comunidades Autónomas son incapaces de responder a los retos que exigen sociedades tan complejas como las actuales. Se hizo patente con la crisis del Prestige, se está viendo con los incendios y aparecerá en todos los casos de emergencia nacional.
Tanto hemos reducido el tamaño del Estado (rebajas fiscales, limitación del gasto público, privatizaciones y, sobre todo, Comunidades Autónomas) que lo estamos condenando a la inoperancia. Este proceso de disgregación es especialmente grave en un momento en el que se globalizan los mercados y la economía. Se repite a menudo que en las coordenadas actuales los Estados son impotentes y se necesitan respuestas en el ámbito europeo, que no son fáciles de instrumentar. Suspiramos por alcanzar la unión política europea y, sin embargo, mientras tanto, ¡oh, paradoja!, rompemos la unión política del Estado para trocearlo en entidades más pequeñas, las Comunidades Autónomas.
El Estatuto que entra en vigor constituye, según Maragall, una nueva constitución para Cataluña. Si las palabras del presidente de la Generalitat han sentado tan mal en el PSOE es porque su discurso es netamente nacionalista y deja al descubierto, por tanto, que el Gobierno actual se ha comportado como tal al respaldar en buena medida su política. Maragall es nacionalista, jamás reconocerá que Cataluña forma parte de España. España son los otros: “Una España amiga que nos comprende”. Maragall es un exponente de una clase oligárquica provinciana de señoritos que –carcomidos de rencor y de envidia– aborrecen al Estado español, aunque no lo confiesen. No otra cosa demuestra el que, gustosos y satisfechos, estén dispuestos a transferir cualquier competencia a la Unión Europea , mientras desean privar de todas ellas al Estado. Hay razones para sospechar que, si no estuviésemos en el euro, el nuevo Estatuto habría planteado un Banco de Cataluña, independiente del Banco de España, y con capacidad propia para emitir su propia moneda. Su consigna sería (:) algo así como moneda europea sí, pero no española.
El discurso de Maragall ha sentado mal en el PSOE porque se pretende que la sociedad olvide lo antes posible todo el proceso seguido en la aprobación del Estatuto. Y, en realidad, es que es difícil de entender el papel del Gobierno y más concretamente el de su presidente en todo este asunto. Quizá se pueda comprender que, en el fragor de una campaña electoral y cuando a corto plazo no se piensa llegar al gobierno, se prometa aprobar y defender lo que venga de Cataluña; si bien ello indica ya una cierta frivolidad, pues, de esta forma y aunque sea implícitamente, comienza a reconocerse la soberanía de esta región y a romper en paralelo la soberanía del Estado español.
Tal vez sea posible entender que cuando se ganan unas elecciones sin mayoría absoluta y se está abocado –dado el imperfecto sistema electoral español– a gobernar con el apoyo de un partido nacionalista, haya que realizar determinadas concesiones. Todos lo han hecho: Suárez, González y Aznar. Pero lo que es difícil de comprender es que el presidente del ejecutivo español se haya puesto a la cabeza de la manifestación nacionalista liderando el proceso de aprobación del Estatuto. Y tampoco que, habiéndose podido abortar su aprobación en el Parlamento catalán por la oposición de CiU -con lo que el Gobierno central se hubiese visto libre de toda presión-, haya sido precisamente el presidente de este Gobierno el que por dos veces –una en el Parlamento catalán y otra en el del Estado español– haya salvado el Estatuto.
No se entiende nada de lo ocurrido en todo este asunto. El presidente del Gobierno central se convierte en paladín de la aprobación de un Estatuto nacionalista, el PSOE rompe con el partido nacionalista que le venía apoyando, tanto en el gobierno central como en el de la Generalitat, para aliarse con aquella formación política que es su principal competidora en Cataluña; el Estatuto se aprueba, pero se defenestra a su artífice fundamental, el actual presidente de la Generalitat. Nada tiene pues de extraño que desde el PSOE se pretenda pasar página de modo que la gente no repare en lo ocurrido. Les ampara el hecho de que los resultados no aparecerán a corto plazo; pero que nadie lo dude, poco a poco iremos viendo las consecuencias negativas, las consecuencias extremadamente negativas para los catalanes y para todos los españoles de haber relegado al Estado a un papel residual.
Estrella Digital, 16 de agosto de 2006
El pasado nueve de agosto, día de la entrada en vigor del Estatuto catalán, todos los medios de comunicación coincidían en apostillar que los catalanes no iban a notar nada especial. La aseveración resulta evidente. A corto plazo, todo va a seguir igual para los catalanes y para el resto de los españoles; las consecuencias negativas sólo aparecerán de forma gradual. Esa es la baza con la que cuenta el Gobierno para eludir un previsible coste electoral. No es de extrañar, pues, que tanto en el Gobierno como en el PSOE hayan caído fatal las declaraciones del presidente de la Generalitat; ponen al descubierto lo que se quiere tener oculto, o lo que se pretende relegar, cuanto antes mejor, al olvido.
Sin embargo, determinadas afirmaciones de Maragall responden a la verdad. En Cataluña , el Estado va a tener a partir de ahora una función puramente residual. Pero no sólo en Cataluña, porque las clases políticas de las correspondientes Autonomías convencerán a sus respectivos conciudadanos de que no pueden ser menos que los catalanes, con lo que el fenómeno se irá generalizando. En realidad, algo de eso está ocurriendo ya, y poco a poco el Estado va quedando reducido a su mínima expresión, al tiempo que, por más que se quiera, las Comunidades Autónomas son incapaces de responder a los retos que exigen sociedades tan complejas como las actuales. Se hizo patente con la crisis del Prestige, se está viendo con los incendios y aparecerá en todos los casos de emergencia nacional.
Tanto hemos reducido el tamaño del Estado (rebajas fiscales, limitación del gasto público, privatizaciones y, sobre todo, Comunidades Autónomas) que lo estamos condenando a la inoperancia. Este proceso de disgregación es especialmente grave en un momento en el que se globalizan los mercados y la economía. Se repite a menudo que en las coordenadas actuales los Estados son impotentes y se necesitan respuestas en el ámbito europeo, que no son fáciles de instrumentar. Suspiramos por alcanzar la unión política europea y, sin embargo, mientras tanto, ¡oh, paradoja!, rompemos la unión política del Estado para trocearlo en entidades más pequeñas, las Comunidades Autónomas.
El Estatuto que entra en vigor constituye, según Maragall, una nueva constitución para Cataluña. Si las palabras del presidente de la Generalitat han sentado tan mal en el PSOE es porque su discurso es netamente nacionalista y deja al descubierto, por tanto, que el Gobierno actual se ha comportado como tal al respaldar en buena medida su política. Maragall es nacionalista, jamás reconocerá que Cataluña forma parte de España. España son los otros: “Una España amiga que nos comprende”. Maragall es un exponente de una clase oligárquica provinciana de señoritos que –carcomidos de rencor y de envidia– aborrecen al Estado español, aunque no lo confiesen. No otra cosa demuestra el que, gustosos y satisfechos, estén dispuestos a transferir cualquier competencia a la Unión Europea , mientras desean privar de todas ellas al Estado. Hay razones para sospechar que, si no estuviésemos en el euro, el nuevo Estatuto habría planteado un Banco de Cataluña, independiente del Banco de España, y con capacidad propia para emitir su propia moneda. Su consigna sería (:) algo así como moneda europea sí, pero no española.
El discurso de Maragall ha sentado mal en el PSOE porque se pretende que la sociedad olvide lo antes posible todo el proceso seguido en la aprobación del Estatuto. Y, en realidad, es que es difícil de entender el papel del Gobierno y más concretamente el de su presidente en todo este asunto. Quizá se pueda comprender que, en el fragor de una campaña electoral y cuando a corto plazo no se piensa llegar al gobierno, se prometa aprobar y defender lo que venga de Cataluña; si bien ello indica ya una cierta frivolidad, pues, de esta forma y aunque sea implícitamente, comienza a reconocerse la soberanía de esta región y a romper en paralelo la soberanía del Estado español.
Tal vez sea posible entender que cuando se ganan unas elecciones sin mayoría absoluta y se está abocado –dado el imperfecto sistema electoral español– a gobernar con el apoyo de un partido nacionalista, haya que realizar determinadas concesiones. Todos lo han hecho: Suárez, González y Aznar. Pero lo que es difícil de comprender es que el presidente del ejecutivo español se haya puesto a la cabeza de la manifestación nacionalista liderando el proceso de aprobación del Estatuto. Y tampoco que, habiéndose podido abortar su aprobación en el Parlamento catalán por la oposición de CiU -con lo que el Gobierno central se hubiese visto libre de toda presión-, haya sido precisamente el presidente de este Gobierno el que por dos veces –una en el Parlamento catalán y otra en el del Estado español– haya salvado el Estatuto.
No se entiende nada de lo ocurrido en todo este asunto. El presidente del Gobierno central se convierte en paladín de la aprobación de un Estatuto nacionalista, el PSOE rompe con el partido nacionalista que le venía apoyando, tanto en el gobierno central como en el de la Generalitat, para aliarse con aquella formación política que es su principal competidora en Cataluña; el Estatuto se aprueba, pero se defenestra a su artífice fundamental, el actual presidente de la Generalitat. Nada tiene pues de extraño que desde el PSOE se pretenda pasar página de modo que la gente no repare en lo ocurrido. Les ampara el hecho de que los resultados no aparecerán a corto plazo; pero que nadie lo dude, poco a poco iremos viendo las consecuencias negativas, las consecuencias extremadamente negativas para los catalanes y para todos los españoles de haber relegado al Estado a un papel residual.
6.11.06
¿Nacionalismo o subvencionalismo?
Interesante artículo del catedrático en economía Federico Aguilera Klink, sobre el "fundamento" del nacionalismo canario.
Publicado en Disenso, 42, febrero de 2004.
¿Nacionalismo o subvencionalismo?
Reflexiones sobre el modelo canario de victimismo económico
Federico Aguilera Klink
En Canarias se ha consolidado tanto una cultura como un modelo económico basados en el victimismo y en la subvención. Esto se ha ‘legitimado’ con informes y estudios ‘a la carta’, gracias a los cuales y a la presión política Bruselas otorgó a las Islas el Estatuto de Región Ultra Periférica. Pero en opinión del autor de este artículo, el problema no es la ultraperiferia, sino qué es lo que están haciendo los políticos y empresarios con Canarias, cómo se distribuyen y a quién benefician los miles de millones que nos llegan de Bruselas y Madrid. Federico Aguilera Klink es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de La Laguna.
En unas declaraciones publicadas en el Diario de Avisos de Santa Cruz de Tenerife, el 30 de noviembre de 2003, el consejero de Economía del Gobierno de Canarias, José Carlos Mauricio, afirmaba: “A los canarios nos ha ido bien con un cierto victimismo unido a una fuerte presión en Bruselas, pero el lloriqueo ya no vale (...) Canarias no tiene que ser una región subvencionada por Europa”.Tiene razón el consejero. El problema es que el Gobierno y los empresarios canarios han luchado duramente hasta conseguir por parte de Bruselas la concesión del estatuto de víctima estructural para Canarias, pues eso exactamente es lo que significa el Estatuto de Región Ultra Periférica (RUP). Así es que, la única manera de que Canarias deje de ser una región subvencionada consiste en renunciar al Estatuto de Región Ultra Periférica. No hay otra manera de hacerlo. Pero eso no lo va a hacer el Gobierno. La razón es que ese modelo y esa cultura victimistas han sido pacientemente tejidos durante los últimos años por políticos y empresarios hasta conseguir que se acepte que Canarias tiene que ser subvencionada por Europa, es decir, justo lo contrario de lo que ahora propone el consejero.Lo que está ocurriendo es que los canarios están siendo víctimas de su propio victimismo. La actitud es la de afirmar que si nos va mal es porque somos una RUP y nos tienen que seguir ayudando, en lugar de reconocer que el problema es qué es lo que están haciendo los políticos y empresarios con Canarias. Por eso creo que es hora de empezar a preguntarse: ¿Cómo se gestionan las empresas? ¿Hay muchos empresarios, de verdad, en Canarias? ¿Cómo se distribuyen y quién se beneficia de los miles y miles de millones que nos llegan de Madrid y Bruselas? En definitiva, ¿a quién beneficia el victimismo?
‘LEGITIMAR’ EL VICTIMISMO.
El primer paso para la consolidación de Canarias como región víctima consistió en legitimar, con estudios e informes a la carta, el victimismo basado en los costes de la insularidad y la fragmentación del espacio, exagerándolos y omitiendo e ignorando, cuidadosamente, cualquier mención a los beneficios derivados de esa insularidad. La consigna era muy clara: “Tenemos que conseguir que Bruselas y Madrid reconozcan los costes de la insularidad —que vamos a calcular nosotros— y reconozcan que es una deuda que nos tienen que abonar”. A partir de ese momento la consigna fue más clara todavía: “La insularidad sólo tiene costes, nada de hablar de beneficios”.El segundo paso consistió en negar lo que, hasta ese momento y dentro de una argumentación económica razonablemente honesta, había sido considerado como uno de los pilares del potencial económico de Canarias; es decir, su situación estratégica entre tres continentes. Así pues, el objetivo consistió en transformar la potencial situación estratégica de Canarias en su contraria, afirmando tajantemente la condición insular y la ultraperiférica, exagerando de nuevo hasta la caricatura las desventajas de una cierta lejanía y negando el reconocimiento de las posibles ventajas de ella, a pesar de la destacada importancia de Canarias como destino turístico de masas. ¿Alguien puede creerse seriamente que Canarias es una RUP cuando tenemos una temporada que dura 12 meses, frente a los 5 o 6 de Baleares y recibimos 12 millones de turistas al año?El caso es que comenzó la campaña que se puede resumir en la frase: “A partir de ahora hay que insistir en la lejanía. Oficialmente estamos muy lejos de Madrid y Bruselas y ambos tienen que compensarnos por ello”. En este sentido, el informe realizado para el Consejo Económico y Social (CES) por varios profesores de la Universidad de La Laguna y presentado como Pronunciamiento del Consejo Económico y Social sobre el Estatuto Especial de las Regiones Ultraperiféricas de la Unión Europea, editado y distribuido por el CES como Dictamen 2/1997, constituye un auténtico manual de la estrategia insularista y ultraperifericista que se siguió.
NEGAR LA EVIDENCIA.
El tercer paso ha ido en la dirección de negar una evidencia aún más obvia, y es la que se refiere a las excelentes condiciones climáticas de Canarias. Así pues, mientras algunos geógrafos y economistas, como Perpiñá Grau, consideran que “el clima es un bien económico”, en el sentido de que permite generar una “renta de situación”, si las condiciones climáticas son buenas, que es exactamente lo que ocurre en Canarias, aquí se comienza a negar o, simplemente, deja de ser mencionado. Dicho de otra manera, lo que siempre ha sido la marca innegable, que atraía y atrae al turismo europeo hacia Canarias, su clima cálido y benigno —“El mejor clima de Europa como rezaba la propaganda hace veinte años”— (además de un paisaje espléndido), ahora es considerado oficialmente como inexistente y se pasa a hablar, oficialmente, de “clima adverso”, tal y como recoge uno de los artículos del Estatuto de las RUP. Es más, si se acepta que Canarias tiene un clima adverso, uno se pregunta qué calificativos serían adecuados para cualquier otra región de la Unión Europea.Son un misterio, al menos para mí, las razones por las que Bruselas acepta estos tres pasos. El caso es que el reconocimiento por parte de Bruselas y Madrid de todos esos pasos legitima el modelo económico victimista canario y configura su marco institucional, que no es otro que el “Estatuto de Región Ultra Periférica”, incluyendo a Canarias en las famosas RUP. En dicho Estatuto, el archipiélago canario se homologa, aunque resulte increíble, con regiones como La Guayana Francesa, Martinica, Cabo Verde o Azores. ¿Qué tenemos en común, aparte de ser archipiélagos, exceptuando a La Guayana? Sólo nos falta iniciar la liga RUP de fútbol.Pero no acaba aquí la propuesta victimista. Para reforzar el citado marco institucional se aprueba la RIC, la Reserva de Inversiones de Canarias. La excusa es que la situación económica de las empresas en Canarias es tan mala —por la insularidad y la ultraperiferia— que necesitan incentivos fiscales adecuados para salir de esta situación. En consecuencia, se aprueba que un porcentaje elevado del impuesto sobre los beneficios empresariales quede exento, siempre que ese dinero se reinvierta en las actividades propias de la empresa.Es cierto que bastantes empresas han hecho un uso adecuado de dicha exención, aunque es igualmente cierto que un número elevado de empresas se ha gastado su dotación RIC en viviendas. Como señala Salvador Miranda en el número 3, de febrero de 2003, de la revista Hacienda Canaria, editada por la Consejería de Economía y Hacienda del Gobierno de Canarias, “...buena parte de las materializaciones (RIC) —en suelo y cemento principalmente— han tenido un efecto perverso sobre el precio del suelo y una sobreoferta de camas turísticas que ha desequilibrado notablemente el mercado del actual monocultivo canario”. Como afirmó el actual presidente del Gobierno de Canarias, Adán Martín, en una conferencia en la Universidad de La Laguna, hace unos meses, “los hoteleros reciben ayudas procedentes de incentivos regionales y de ventajas RIC de hasta el 52% de su inversión”.Pero también es cierto que muchas empresas no saben qué hacer con la RIC, generándose una bolsa ociosa de miles de millones de pesetas RIC. De hecho, es de nuevo Salvador Miranda el que se plantea que “aún queda por resolver qué aplicación se le va a dar a los 1,3 billones de pesetas acumulados hasta diciembre de 2000 en dotaciones (RIC)”.
DISPARATE FISCAL.
Como no se sabe qué hacer con ese dinero, porque no hace falta, se aprueba recientemente que la RIC se pueda invertir en Deuda Pública, lo que culmina el vergonzoso e insolidario disparate fiscal en el que se está instalando Canarias en beneficio de los empresarios. De hecho, el que los empresarios puedan invertir la RIC en Deuda Pública significa exactamente que estos empresarios, en lugar de pagar impuestos, pueden legalmente prestar a los organismos públicos el dinero correspondiente a esos impuestos, cobrar un interés por el préstamo y, además, obtener importantes ventajas fiscales. Así pues, no sólo no pagan los impuestos sino que son premiados por no hacerlo. Y lo más insolidario y vergonzoso de todo es que el rescate de la Deuda, es decir, la devolución del dinero prestado a los organismos públicos por los empresarios se hará con cargo a los impuestos pagados por los ciudadanos de a pie. ¡Y vivan las Regiones Ultra Periféricas y los costes de la insularidad! Esta normativa fiscal parece sacada de un texto de El Roto o de Valle Inclán, pero no es así, se trata de la RIC. Evidentemente, no queremos darnos cuenta de que la principal ultraperiferia es la mental que es la que está llevando al disparate a Canarias como sociedad y como espacio económico a la vez que a un aumento abismal de la desigualdad.En definitiva, resulta contradictorio, e incluso fraudulento, que el argumento empleado para la aprobación de la RIC sea el de mejorar la situación de las empresas canarias y que luego gran parte de la dotación RIC no encuentre destino. La explicación es clara, la situación de las empresas canarias no es tan mala como se hizo creer. Claro que mientras la mayoría de los políticos sean empresarios poco hay que esperar.
‘MENTALIDAD VICTIMISTA’.
El modelo basado en el victimismo ante Bruselas —que Madrid obviamente no se cree, pero acepta por una cuestión de apoyos políticos— ha llegado a consolidarse de tal manera que la mayoría de los empresarios han adoptado la mentalidad victimista para poder seguir contando con las subvenciones.A esto se une la exigencia por parte de importantes grupos empresariales de que continúen las enormes inversiones de fondos públicos en infraestructuras (que es otra variante de las subvenciones) que no están ni económica, ni social ni ambientalmente justificadas, sobre todo en un contexto como el de las Directrices de Ordenación del Territorio, en el que se acepta la necesidad de frenar el crecimiento económico. Es cierto que estas inversiones tienen un destacado efecto multiplicador ocasional de la actividad económica y del empleo, pero da la impresión de que para muchos empresarios es algo más. Algo nos tocará, me imagino que dirán, mientras alternan, con toda tranquilidad, los lamentos victimistas y la exigencia de más inversiones públicas con los discursos en defensa de la competencia y del libre mercado sin la intolerable intervención estatal, a la que sólo se le pide que se deje saquear con la excusa del “interés general”. Ahora bien, como resulta que esas infraestructuras son contestadas en algunas islas, empresarios y políticos se reúnen y deciden sacar a pasear la romería del “pleito insular” como única opción ante la falta de argumentos convincentes.
FALTA DE CREDIBILIDAD. En cualquier caso, la falta de credibilidad del discurso victimista —y todo esto sin contar con la lluvia de ayudas PAC para el plátano que asciende a unos 20.000 millones anualmente, ni las ayudas del REA, que tampoco son despreciables— se consolida con afirmaciones como la recogida en un publirreportaje sobre Cabo Verde, según el cual y citando a la Cámara Superior de Cámaras de Comercio, “Canarias es uno de los principales inversores en Cabo Verde, con más del 40% del capital extranjero en la zona, superando en más de diez puntos a países comunitarios de la talla de Italia”. (Información ratificada por La Opinión el día 10 de diciembre de 2003). ¿Cómo es posible que una Comunidad RUP como Canarias, que oficialmente está tan mal, invierta en Cabo Verde más que Italia, a la vez que pide más inversiones públicas en Canarias? ¿Quién puede creerse seriamente que Canarias es una RUP mientras se anuncia el Auditorio de Tenerife como “el nuevo símbolo de la modernidad en Europa”? ¿Será que están asociando las RUP a la modernidad en Europa o será que quieren convencer a Europa de que la modernidad es ser una RUP bien subvencionada? Habrá que decidirse. O las empresas canarias están mal y usan la RIC para mejorar o están más que bien y por eso (en lugar de pagar impuestos) no saben muy bien qué hacer con los fondos RIC, razón por la que quizás invierten en Cabo Verde y en otros países lo que no necesitan invertir en esta “RUP” que dicen que es Canarias.Por eso, una de las preocupaciones más importantes consiste en saber qué tipo de empresario es el que se está consolidando en Canarias, ya que da la impresión de que se ha consolidado plenamente el modelo y la mentalidad victimistas y que, de igual manera que el Gobierno de Canarias disfraza la realidad física y económica canaria ante Bruselas, los empresarios-políticos canarios —o al menos una buena parte de ellos— disfrazan su realidad ante el Gobierno de (empresarios) de Canarias, pues han aprendido bien en qué consiste esto de ser empresario de una Región Ultraperiférica.La situación es, de hecho, mucho más grave, pues, acostumbrados los empresarios canarios a la mentalidad victimista, ¿podrán acostumbrarse a ser empresarios de verdad, es decir, a gestionar sus empresas, a competir razonablemente, a ser razonablemente eficientes, a obtener tasas de beneficios razonables, en lugar de dar pelotazos? ¿Cómo es posible que se diga que es necesario gestionar mal una empresa porque si se hace bien se pierden subvenciones? ¿Será verdad e incluso posible la afirmación de Mauricio de que “el rollo de la UTE del diez por ciento se acabó, porque estamos hablando entre mayores de edad”? ¿Será por eso por lo que el Gobierno de Canarias no solicita la ejecución de la sentencia dictada por el Tribunal Superior de Justicia de Canarias, que obliga a paralizar las obras de la urbanización de El Cotillo, en Fuerteventura? ¿Es eso lo que se entiende por hablar entre personas mayores de edad? ¿No sería más correcto hablar de “capitalismo de amiguetes”, término empleado por el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz? Claro que las víctimas no son los amiguetes, son la excusa para que los amiguetes hagan grandes negocios.En una entrevista a Albert Boadella, el periodista que le preguntaba se sorprendía de que pudiera tener una conversación con él sin nombrar a Jordi Pujol, a lo que Boadella contestaba: “Por supuesto. Aunque si me lo nombra deberé recordarle que está dando una imagen de Cataluña lamentable: la de una pandilla de aprovechados y bandidos que siempre procura tener la mayor parte del pastel”. ¿Hacia dónde nos lleva el nuevo victimismo? En lugar de nacionalismo, ¿no sería más adecuado hablar de subvencionalismo?
Publicado en Disenso, 42, febrero de 2004.
¿Nacionalismo o subvencionalismo?
Reflexiones sobre el modelo canario de victimismo económico
Federico Aguilera Klink
En Canarias se ha consolidado tanto una cultura como un modelo económico basados en el victimismo y en la subvención. Esto se ha ‘legitimado’ con informes y estudios ‘a la carta’, gracias a los cuales y a la presión política Bruselas otorgó a las Islas el Estatuto de Región Ultra Periférica. Pero en opinión del autor de este artículo, el problema no es la ultraperiferia, sino qué es lo que están haciendo los políticos y empresarios con Canarias, cómo se distribuyen y a quién benefician los miles de millones que nos llegan de Bruselas y Madrid. Federico Aguilera Klink es catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de La Laguna.
En unas declaraciones publicadas en el Diario de Avisos de Santa Cruz de Tenerife, el 30 de noviembre de 2003, el consejero de Economía del Gobierno de Canarias, José Carlos Mauricio, afirmaba: “A los canarios nos ha ido bien con un cierto victimismo unido a una fuerte presión en Bruselas, pero el lloriqueo ya no vale (...) Canarias no tiene que ser una región subvencionada por Europa”.Tiene razón el consejero. El problema es que el Gobierno y los empresarios canarios han luchado duramente hasta conseguir por parte de Bruselas la concesión del estatuto de víctima estructural para Canarias, pues eso exactamente es lo que significa el Estatuto de Región Ultra Periférica (RUP). Así es que, la única manera de que Canarias deje de ser una región subvencionada consiste en renunciar al Estatuto de Región Ultra Periférica. No hay otra manera de hacerlo. Pero eso no lo va a hacer el Gobierno. La razón es que ese modelo y esa cultura victimistas han sido pacientemente tejidos durante los últimos años por políticos y empresarios hasta conseguir que se acepte que Canarias tiene que ser subvencionada por Europa, es decir, justo lo contrario de lo que ahora propone el consejero.Lo que está ocurriendo es que los canarios están siendo víctimas de su propio victimismo. La actitud es la de afirmar que si nos va mal es porque somos una RUP y nos tienen que seguir ayudando, en lugar de reconocer que el problema es qué es lo que están haciendo los políticos y empresarios con Canarias. Por eso creo que es hora de empezar a preguntarse: ¿Cómo se gestionan las empresas? ¿Hay muchos empresarios, de verdad, en Canarias? ¿Cómo se distribuyen y quién se beneficia de los miles y miles de millones que nos llegan de Madrid y Bruselas? En definitiva, ¿a quién beneficia el victimismo?
‘LEGITIMAR’ EL VICTIMISMO.
El primer paso para la consolidación de Canarias como región víctima consistió en legitimar, con estudios e informes a la carta, el victimismo basado en los costes de la insularidad y la fragmentación del espacio, exagerándolos y omitiendo e ignorando, cuidadosamente, cualquier mención a los beneficios derivados de esa insularidad. La consigna era muy clara: “Tenemos que conseguir que Bruselas y Madrid reconozcan los costes de la insularidad —que vamos a calcular nosotros— y reconozcan que es una deuda que nos tienen que abonar”. A partir de ese momento la consigna fue más clara todavía: “La insularidad sólo tiene costes, nada de hablar de beneficios”.El segundo paso consistió en negar lo que, hasta ese momento y dentro de una argumentación económica razonablemente honesta, había sido considerado como uno de los pilares del potencial económico de Canarias; es decir, su situación estratégica entre tres continentes. Así pues, el objetivo consistió en transformar la potencial situación estratégica de Canarias en su contraria, afirmando tajantemente la condición insular y la ultraperiférica, exagerando de nuevo hasta la caricatura las desventajas de una cierta lejanía y negando el reconocimiento de las posibles ventajas de ella, a pesar de la destacada importancia de Canarias como destino turístico de masas. ¿Alguien puede creerse seriamente que Canarias es una RUP cuando tenemos una temporada que dura 12 meses, frente a los 5 o 6 de Baleares y recibimos 12 millones de turistas al año?El caso es que comenzó la campaña que se puede resumir en la frase: “A partir de ahora hay que insistir en la lejanía. Oficialmente estamos muy lejos de Madrid y Bruselas y ambos tienen que compensarnos por ello”. En este sentido, el informe realizado para el Consejo Económico y Social (CES) por varios profesores de la Universidad de La Laguna y presentado como Pronunciamiento del Consejo Económico y Social sobre el Estatuto Especial de las Regiones Ultraperiféricas de la Unión Europea, editado y distribuido por el CES como Dictamen 2/1997, constituye un auténtico manual de la estrategia insularista y ultraperifericista que se siguió.
NEGAR LA EVIDENCIA.
El tercer paso ha ido en la dirección de negar una evidencia aún más obvia, y es la que se refiere a las excelentes condiciones climáticas de Canarias. Así pues, mientras algunos geógrafos y economistas, como Perpiñá Grau, consideran que “el clima es un bien económico”, en el sentido de que permite generar una “renta de situación”, si las condiciones climáticas son buenas, que es exactamente lo que ocurre en Canarias, aquí se comienza a negar o, simplemente, deja de ser mencionado. Dicho de otra manera, lo que siempre ha sido la marca innegable, que atraía y atrae al turismo europeo hacia Canarias, su clima cálido y benigno —“El mejor clima de Europa como rezaba la propaganda hace veinte años”— (además de un paisaje espléndido), ahora es considerado oficialmente como inexistente y se pasa a hablar, oficialmente, de “clima adverso”, tal y como recoge uno de los artículos del Estatuto de las RUP. Es más, si se acepta que Canarias tiene un clima adverso, uno se pregunta qué calificativos serían adecuados para cualquier otra región de la Unión Europea.Son un misterio, al menos para mí, las razones por las que Bruselas acepta estos tres pasos. El caso es que el reconocimiento por parte de Bruselas y Madrid de todos esos pasos legitima el modelo económico victimista canario y configura su marco institucional, que no es otro que el “Estatuto de Región Ultra Periférica”, incluyendo a Canarias en las famosas RUP. En dicho Estatuto, el archipiélago canario se homologa, aunque resulte increíble, con regiones como La Guayana Francesa, Martinica, Cabo Verde o Azores. ¿Qué tenemos en común, aparte de ser archipiélagos, exceptuando a La Guayana? Sólo nos falta iniciar la liga RUP de fútbol.Pero no acaba aquí la propuesta victimista. Para reforzar el citado marco institucional se aprueba la RIC, la Reserva de Inversiones de Canarias. La excusa es que la situación económica de las empresas en Canarias es tan mala —por la insularidad y la ultraperiferia— que necesitan incentivos fiscales adecuados para salir de esta situación. En consecuencia, se aprueba que un porcentaje elevado del impuesto sobre los beneficios empresariales quede exento, siempre que ese dinero se reinvierta en las actividades propias de la empresa.Es cierto que bastantes empresas han hecho un uso adecuado de dicha exención, aunque es igualmente cierto que un número elevado de empresas se ha gastado su dotación RIC en viviendas. Como señala Salvador Miranda en el número 3, de febrero de 2003, de la revista Hacienda Canaria, editada por la Consejería de Economía y Hacienda del Gobierno de Canarias, “...buena parte de las materializaciones (RIC) —en suelo y cemento principalmente— han tenido un efecto perverso sobre el precio del suelo y una sobreoferta de camas turísticas que ha desequilibrado notablemente el mercado del actual monocultivo canario”. Como afirmó el actual presidente del Gobierno de Canarias, Adán Martín, en una conferencia en la Universidad de La Laguna, hace unos meses, “los hoteleros reciben ayudas procedentes de incentivos regionales y de ventajas RIC de hasta el 52% de su inversión”.Pero también es cierto que muchas empresas no saben qué hacer con la RIC, generándose una bolsa ociosa de miles de millones de pesetas RIC. De hecho, es de nuevo Salvador Miranda el que se plantea que “aún queda por resolver qué aplicación se le va a dar a los 1,3 billones de pesetas acumulados hasta diciembre de 2000 en dotaciones (RIC)”.
DISPARATE FISCAL.
Como no se sabe qué hacer con ese dinero, porque no hace falta, se aprueba recientemente que la RIC se pueda invertir en Deuda Pública, lo que culmina el vergonzoso e insolidario disparate fiscal en el que se está instalando Canarias en beneficio de los empresarios. De hecho, el que los empresarios puedan invertir la RIC en Deuda Pública significa exactamente que estos empresarios, en lugar de pagar impuestos, pueden legalmente prestar a los organismos públicos el dinero correspondiente a esos impuestos, cobrar un interés por el préstamo y, además, obtener importantes ventajas fiscales. Así pues, no sólo no pagan los impuestos sino que son premiados por no hacerlo. Y lo más insolidario y vergonzoso de todo es que el rescate de la Deuda, es decir, la devolución del dinero prestado a los organismos públicos por los empresarios se hará con cargo a los impuestos pagados por los ciudadanos de a pie. ¡Y vivan las Regiones Ultra Periféricas y los costes de la insularidad! Esta normativa fiscal parece sacada de un texto de El Roto o de Valle Inclán, pero no es así, se trata de la RIC. Evidentemente, no queremos darnos cuenta de que la principal ultraperiferia es la mental que es la que está llevando al disparate a Canarias como sociedad y como espacio económico a la vez que a un aumento abismal de la desigualdad.En definitiva, resulta contradictorio, e incluso fraudulento, que el argumento empleado para la aprobación de la RIC sea el de mejorar la situación de las empresas canarias y que luego gran parte de la dotación RIC no encuentre destino. La explicación es clara, la situación de las empresas canarias no es tan mala como se hizo creer. Claro que mientras la mayoría de los políticos sean empresarios poco hay que esperar.
‘MENTALIDAD VICTIMISTA’.
El modelo basado en el victimismo ante Bruselas —que Madrid obviamente no se cree, pero acepta por una cuestión de apoyos políticos— ha llegado a consolidarse de tal manera que la mayoría de los empresarios han adoptado la mentalidad victimista para poder seguir contando con las subvenciones.A esto se une la exigencia por parte de importantes grupos empresariales de que continúen las enormes inversiones de fondos públicos en infraestructuras (que es otra variante de las subvenciones) que no están ni económica, ni social ni ambientalmente justificadas, sobre todo en un contexto como el de las Directrices de Ordenación del Territorio, en el que se acepta la necesidad de frenar el crecimiento económico. Es cierto que estas inversiones tienen un destacado efecto multiplicador ocasional de la actividad económica y del empleo, pero da la impresión de que para muchos empresarios es algo más. Algo nos tocará, me imagino que dirán, mientras alternan, con toda tranquilidad, los lamentos victimistas y la exigencia de más inversiones públicas con los discursos en defensa de la competencia y del libre mercado sin la intolerable intervención estatal, a la que sólo se le pide que se deje saquear con la excusa del “interés general”. Ahora bien, como resulta que esas infraestructuras son contestadas en algunas islas, empresarios y políticos se reúnen y deciden sacar a pasear la romería del “pleito insular” como única opción ante la falta de argumentos convincentes.
FALTA DE CREDIBILIDAD. En cualquier caso, la falta de credibilidad del discurso victimista —y todo esto sin contar con la lluvia de ayudas PAC para el plátano que asciende a unos 20.000 millones anualmente, ni las ayudas del REA, que tampoco son despreciables— se consolida con afirmaciones como la recogida en un publirreportaje sobre Cabo Verde, según el cual y citando a la Cámara Superior de Cámaras de Comercio, “Canarias es uno de los principales inversores en Cabo Verde, con más del 40% del capital extranjero en la zona, superando en más de diez puntos a países comunitarios de la talla de Italia”. (Información ratificada por La Opinión el día 10 de diciembre de 2003). ¿Cómo es posible que una Comunidad RUP como Canarias, que oficialmente está tan mal, invierta en Cabo Verde más que Italia, a la vez que pide más inversiones públicas en Canarias? ¿Quién puede creerse seriamente que Canarias es una RUP mientras se anuncia el Auditorio de Tenerife como “el nuevo símbolo de la modernidad en Europa”? ¿Será que están asociando las RUP a la modernidad en Europa o será que quieren convencer a Europa de que la modernidad es ser una RUP bien subvencionada? Habrá que decidirse. O las empresas canarias están mal y usan la RIC para mejorar o están más que bien y por eso (en lugar de pagar impuestos) no saben muy bien qué hacer con los fondos RIC, razón por la que quizás invierten en Cabo Verde y en otros países lo que no necesitan invertir en esta “RUP” que dicen que es Canarias.Por eso, una de las preocupaciones más importantes consiste en saber qué tipo de empresario es el que se está consolidando en Canarias, ya que da la impresión de que se ha consolidado plenamente el modelo y la mentalidad victimistas y que, de igual manera que el Gobierno de Canarias disfraza la realidad física y económica canaria ante Bruselas, los empresarios-políticos canarios —o al menos una buena parte de ellos— disfrazan su realidad ante el Gobierno de (empresarios) de Canarias, pues han aprendido bien en qué consiste esto de ser empresario de una Región Ultraperiférica.La situación es, de hecho, mucho más grave, pues, acostumbrados los empresarios canarios a la mentalidad victimista, ¿podrán acostumbrarse a ser empresarios de verdad, es decir, a gestionar sus empresas, a competir razonablemente, a ser razonablemente eficientes, a obtener tasas de beneficios razonables, en lugar de dar pelotazos? ¿Cómo es posible que se diga que es necesario gestionar mal una empresa porque si se hace bien se pierden subvenciones? ¿Será verdad e incluso posible la afirmación de Mauricio de que “el rollo de la UTE del diez por ciento se acabó, porque estamos hablando entre mayores de edad”? ¿Será por eso por lo que el Gobierno de Canarias no solicita la ejecución de la sentencia dictada por el Tribunal Superior de Justicia de Canarias, que obliga a paralizar las obras de la urbanización de El Cotillo, en Fuerteventura? ¿Es eso lo que se entiende por hablar entre personas mayores de edad? ¿No sería más correcto hablar de “capitalismo de amiguetes”, término empleado por el premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz? Claro que las víctimas no son los amiguetes, son la excusa para que los amiguetes hagan grandes negocios.En una entrevista a Albert Boadella, el periodista que le preguntaba se sorprendía de que pudiera tener una conversación con él sin nombrar a Jordi Pujol, a lo que Boadella contestaba: “Por supuesto. Aunque si me lo nombra deberé recordarle que está dando una imagen de Cataluña lamentable: la de una pandilla de aprovechados y bandidos que siempre procura tener la mayor parte del pastel”. ¿Hacia dónde nos lleva el nuevo victimismo? En lugar de nacionalismo, ¿no sería más adecuado hablar de subvencionalismo?
4.11.06
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