25.10.07

Cataluña, muy lejos

Pablo Sebastián, Estrella Digital, 25/10/2007

El Gobierno ha pasado sin problema el primer trámite de los Presupuestos Generales del 2008, una buena noticia para el presidente Zapatero en un tiempo en el que se le anunciaba una mayor dificultad. Pero el día no era propicio para los festejos porque la crisis de la gestión política y de las infraestructuras catalanas —ayer hubo nuevos problemas en el aeropuerto del Prat— inunda el debate político, en el que tampoco parece estar a la altura de las circunstancias y de la oportunidad el Partido Popular, preso de propios errores como la embestida de Rajoy al cambio climático.
Sin embargo, tras la crisis de gestión política catalana, en la que tienen sus respectivas cotas de responsabilidad los dos gobiernos, el de Madrid y el de la Generalitat, aparece un desapego general del resto de los españoles por causa del desprecio, cuando no de la agresión de la que han hecho gala, por acción u omisión, los gobernantes y la clase política catalana que se embarcó de manera irresponsable en una fuga hacia delante e inconstitucional, llena de gestos y de comportamientos que han provocado que, al día de hoy, sean muchos los españoles que no compadezcan ni compartan el malestar catalán porque desde Cataluña, sobre todo, ha primado la insolidaridad que abunda en el nuevo Estatuto catalán.
Amén de otros muchos disparates, que van del desprecio y la persecución del idioma español a la marginación de la bandera española, quema de las fotos del Rey y demás desafueros que dan prueba fehaciente de la falta de apego a cualquier atisbo de lealtad a la Constitución, de realismo político y social y de sentido común. Lo que no sólo provoca el rechazo en el resto de España sino que empequeñece la grandeza catalana y aísla su desarrollo y su crecimiento en un mundo global, en el que, como ocurre en la Unión Europea, sólo los estados fuertes tienen asegurado un privilegiado lugar, y no el popurrí de pequeños estados o de naciones sin Estado, destinados a ser cola de ratón en una frondosa jungla de poder dominada por las cabezas de león.
A igual que ocurre en la vida política nacional, con Zapatero o Rajoy, en la Cataluña actual los líderes políticos no han estado ni están a la altura de las circunstancias. Y, después del desbarajuste creado en torno al Estatuto, que primero votaron, luego rectificaron y finalmente aprobaron con una ridícula participación en el referendo –y está por ver el dictamen constitucional—, los gobernantes catalanes han vuelto a la penosa monserga de pedir dinero y a culpar a Madrid, o a España, de su incapacidad política al gestionar la vida pública —desde el Carmel, al AVE, pasando por el Prat, la electricidad, etcétera—, argumentando algunos que esto no pasaría desde la supuesta independencia o situación federal o confederal. La que sería inimaginable con una clase política marcada por un oportunismo nacionalista barato y sin el menor realismo, porque lo esencial en todo proceso descentralizador es la lealtad constitucional, y ésa, al día de hoy, no se ve en los partidos ni en los políticos —no estamos hablando del pueblo catalán, que es más sensato— del momento actual, sobre los que, además, pesan recientes sospechas de la más bochornosa corrupción o exenciones bancarias en destacados casos.
¿Por qué no se rompió el Ave a Sevilla, o no se rompe el de Málaga, el de Valladolid o el de Valencia? Han metido el tren por donde no debían, y lo han hecho todo muy mal, a la vez, con prisas y siempre llorando, cuando no implorando más dinero, por aquí y por allá, intentando impedir cualquier acuerdo de justa solidaridad con otras regiones de España, que están mucho más atrasadas. Y ¿saben cómo se ven hoy los actuales problemas catalanes desde otras regiones y pueblos de España? Imagínenselo.
El incidente provocado por Carod-Rovira en un debate de TVE cuando, con muy malos modales, exigió a los que le preguntaban que se le llamara Josep Lluís, en vez de José Luis, da una idea de todo lo demás. ¿Acaso no se le puso al Rey Juan Carlos en Barcelona, con motivo del foro aquel de las culturas, una placa con el nombre de Joan Carles? ¿Y se quejó, o enfadó, el Rey, o el Gobierno español? ¿Y qué creen que piensan en toda España cuando desde ERC, sentada en el Gobierno de la Generalitat, se apoya a ETA y a Batasuna, que son miembros de una banda criminal, ante el mayor de los silencios y la complicidad de políticos, gobernantes y hasta de los ciudadanos de a pie de Cataluña, que consideran que todo eso da igual? Y éstos son sólo dos ejemplos que resumen todo lo demás.

24.10.07

Los Ejércitos y la Fiesta Nacional



Juan Francisco Martín Seco, Estrella Digital, 24/10/2007

El 12 de octubre pasado, como todos los años, se celebró la llamada fiesta nacional. La conmemoración suele ser bastante parca. Todo queda reducido a un desfile militar en Madrid que, todo lo más, los niños ven —tan solo algún trozo— por televisión. Este año, sin embargo, se ha querido ir más allá y el líder de la oposición, sin demasiado éxito, ha realizado un llamamiento para que todos los ciudadanos, prietas las filas, mostrasen con algún gesto su devoción a la nación española y el culto a la bandera y demás signos. Mala estrategia la de querer atacar el nacionalismo periférico promoviendo el centralista.
Lo que hay que cuestionar es toda pretensión identitaria, las falsas hipóstasis sociales, la construcción de ídolos y fantasías colectivas. Frente a la nación, el internacionalismo y el Estado, entendido en términos funcionales, lo más extenso posible en un mundo globalizado, para que el poder democrático pueda regular y controlar al económico. ¡Ojala tuviéramos un Estado europeo! Carece de toda lógica suspirar por éste y querer debilitar y dinamitar el español.
Se ha dicho que el patriotismo es el último recurso de los canallas. Casi todos los males de la historia tienen su origen en palabras grandilocuentes, altisonantes: nación, patria, religión, cultura, civilización. Bush inmola a cientos de miles de personas y destruye ciudades en nombre de la gran nación americana y de la civilización occidental, y en nombre de la civilización occidental países como España mandan a sus mercenarios a morir a miles de kilómetros de distancia.
Hace más de un siglo, Pío Baroja realizó en su novela “Parados, rey” un buen retrato de esa dinámica colonizadora que se extiende hasta los momentos presentes. La acción se desarrolla en un país imaginario de África, Uganga. El ejército colonial francés, bien pertrechado, provisto de artillería y ametralladoras, en un solo día rompe la resistencia de los salvajes y arrasa la ciudad y las aldeas vecinas. Con la paz se introduce —según cuentan en la narración— el modo de vida europeo, empieza la violencia, la explotación racional del trabajo, la prostitución, los asesinatos y por supuesto enfermedades desconocidas para los aborígenes, la variolosis, el alcoholismo, la sífilis, etcétera. El novelista los denomina beneficios de la civilización occidental. La obra acaba con las palabras del sacerdote capellán del ejército: “Demos gracias a Dios, hermanos míos, porque la civilización verdadera, la civilización de la paz y la concordia de Cristo han entrado definitivamente en el reino de Uganga”.
Pío Baroja sin duda exagera. Utiliza la ficción para describir, cual Rousseau, una situación idílica del mundo salvaje. En la realidad no existen Arcadias, pero ¿cómo no reconocer en algunos de los elementos de la novela un relato fehaciente de lo que ha supuesto la dominación colonial? ¿Cómo no acordarse de la destrucción de las reducciones de los jesuitas en Paraguay? ¿Cómo no establecer cierto paralelismo con el lenguaje hipócrita de eso que se autotitula “comunidad internacional” y que es tan solo la comparsa del imperio?
Hoy, según parece, tenemos a todos nuestros ejércitos desempeñando labores humanitarias, misiones de paz, pero curiosamente matan y mueren, al igual que lo hacían en la época colonial, y, como en la época colonial, son solo los pobres los que perecen. Téngase la opinión que se tenga de Rodríguez Ibarra hay que reconocerle una cualidad, que no suele morderse la lengua y termina afirmando aquello que no cabe en lo políticamente correcto. Hace algunos días, cuando el fallecimiento en Afganistán de soldados españoles, proclamó una gran verdad: que a las misiones de paz solo van los pobres. Pero precisamente por eso levantó todo tipo de protestas de los bien pensantes y de los bien hablantes.
El ejército español, desde que es profesional, se nutre en su gran mayoría —por no decir en su totalidad— de las clases bajas, incluso en una proporción muy importante de emigrantes. En eso nos asemejamos a EEUU cuyas tropas las forman negros y chicanos El fenómeno, desde luego, no es nuevo y tiene antecedentes en nuestro propio país. Son múltiples los escritos y artículos de Blasco Ibáñez (“que vayan todos, pobres y ricos”, “el patriotismo de los capitalistas”, “carne de pobre”) en los que criticaba la forma en que se movilizaban los soldados que debían ir a combatir a Cuba. Podían librarse del reclutamiento pagando al gobierno 1.500 pesetas, es decir, a la guerra solo iban los que eran tan pobres como para no tener seis mil reales que les librasen de la contienda.
Hoy realizamos algo parecido los que tenemos “posibles” pagamos impuestos con el fin de comprar a otros que vayan a combatir en nuestro lugar o en el de nuestros hijos. Hoy, en el ejército, solo se enrolan los que son suficientemente pobres para no poder obtener recursos por otros medios. Como decía aquel torero, “más cornadas da el hambre”. Habría que preguntarse si las llamadas misiones de paz tendrían la misma aquiescencia oficial si los enrolados fuesen, por ejemplo, los hijos de los ministros, de los directores de periódico o de las cadenas de televisión, de los banqueros, de los empresarios, de los escritores, de los altos cargos.
Hay, sin embargo, una diferencia con lo que ocurría al final del siglo XIX. Entonces nadie dudaba, por lo menos en las filas de la izquierda, de que el sistema era injusto, y se reivindicaba una y otra vez su abolición y la implantación del servicio militar obligatorio. Hoy, por el contrario, lo progre parece que es el ejército profesional y se califica de loco al que propugna lo contrario.

21.10.07

No cuadra

No cuadra
Juan Francisco Martín Seco
26 de Septiembre de 2007, Estrella Digital
Hay cosas que difícilmente cuadran. Es una cantinela periódicamente escuchada y que se ha hecho persistente en los últimos días. “Cataluña presenta un gran déficit de infraestructuras”. Habría que preguntarse qué se quiere decir. Si lo que se trata de indicar es que no cuenta con las infraestructuras óptimas, entonces la afirmación parece una obviedad. Así entendida no solo es Cataluña la que tiene déficit de infraestructuras sino toda España. Lo de este verano es la prueba palpable de ello. Ahora le ha ocurrido a Cataluña, pero le podía haber sucedido a cualquier otra región o Comunidad; a cualquier otra Comunidad de las que tienen infraestructuras, claro, porque en algunos casos no es que funcionen mal es simplemente que carecen de ellas. Ya le gustaría a Galicia, por ejemplo, haber tenido los mismos problemas, siempre que estos estuviesen ocasionados por la implantación de un AVE que conexionase todas sus provincias.
Hacen bien los ciudadanos catalanes, al igual que debería hacer el resto, en exigir responsabilidades a los gobiernos autonómico y central por no obligar a las compañías eléctricas a realizar las inversiones adecuadas, o por no gestionar eficazmente los servicios de manera que las obras del AVE no interfiriesen en el funcionamiento de los trenes de cercanías. Pero lo que está fuera de toda lógica es pretender que tales problemas se generan porque Cataluña está discriminada con respecto al resto de España. Explicado así, el déficit de infraestructuras puede ser una cantinela útil a los políticos catalanes como cortina de humo para evitar sus responsabilidades, pero difícilmente se puede entender. No cuadra.
Solo desde una fijación paranoica es posible pensar que los distintos gobiernos de España, todos ellos con ministros catalanes en su composición, han tenido una animadversión especial a Cataluña y han decidido posponerla, presupuesto tras presupuesto, a otras Comunidades. Es más, sería de esperar que, dentro del Estado, una región tan maltratada se configurase como subdesarrollada y a la cola económica de las restantes. No parece ser ese el caso de Cataluña. ¿Será quizás que los catalanes cuentan con un gen especial que, a pesar de ser postergados por el gobierno de turno, se sobreponen y se colocan a la cabeza de todas las otras autonomías?
Existe un dato más que contribuye a que la ecuación no cuadre. Cataluña y el País Vasco cuentan con partidos nacionalistas que, dado nuestro sistema electoral, se convierten en bisagras necesarias para el gobierno. Su apoyo no suele ser gratuito y tampoco se produce en clave ideológica sino desde la óptica estrictamente nacionalista. El precio viene a consistir en prebendas y privilegios para sus respectivas regiones. Es difícil entender que en estas condiciones ambas Comunidades resulten perjudicadas en cualquier reparto. No cuadra, a no ser que consideremos que los partidos catalanes son todos unos ineptos e incompetentes.
Los que hablan del déficit de infraestructuras en Cataluña, suelen acudir, para justificar la necesidad de una mayor dotación, al tópico de que Cataluña es la locomotora de España. Ambas aseveraciones casan mal, no cuadran. Otras muchas regiones desearían convertirse también en locomotoras, lo que no parece posible si el sistema de reparto de las inversiones continúa manteniendo las desigualdades entre regiones y no permite la compensación.
La elaboración de los presupuestos del próximo año está dejando al descubierto el camino extremadamente peligroso por el que nos hemos adentrado a partir del Estatuto catalán: la negociación bilateral del Gobierno con cada una de las autonomías, o por lo menos con algunas de ellas, a la hora de fijar la financiación. Es verdad que hasta ahora –como ya se ha dicho– determinadas autonomías obtenían ventajas adicionales mediante el chantaje nacionalista (pecado original de nuestro sistema electoral), pero al menos el sistema de financiación autonómica era igual para todas (exceptuando a las Comunidades de régimen foral) y la cuota de cada una se determinaba de forma conjunta. Este principio no solo se ha roto, sino que algunos de los elementos de financiación se han incluido en los estatutos de autonomía blindándolos de esta manera para toda posible reforma.
Pretender que el porcentaje de inversiones que corresponde a cada Comunidad se fije en función de su participación en el PIB, tal como determina el Estatuto de Cataluña es sin duda beneficiar a las autonomías ricas y condenar a las pobres a que continúen en su precariedad. Es un criterio que estas últimas no pueden aceptar. Por ello Andalucía ha intentado escoger otra clave de distribución: la demográfica, en función de la población. No logra alcanzar las cotas de Cataluña pero al menos sus políticos se justifican.
Aplicar criterios distintos a las distintas Comunidades, esto es, el que más convenga a cada una de ellas, lleva a la contradicción. No cuadra. Las partes no pueden sumar más que el todo. Alguna o algunas Comunidades saldrán perjudicadas. Pretender convencernos, como hace algún periódico, de que todas ganan es una ingenuidad o ganas de intoxicar. Desde luego quien pierde en su conjunto es la sociedad española, ya que las inversiones públicas –lejos de decidirse por un criterio de oportunidad, necesidad o eficacia– se determinarán según un criterio geográfico y en función del poder político de cada una de las autonomías. Llevando el procedimiento a sus últimas consecuencias, podría ocurrir que una carretera terminase en un determinado límite provincial y no pueda continuar porque comienza otra autonomía que no está incluida en el reparto. Difícil de entender, difícil de cuadrar.

Escritores hispanoamericanos contra el nacionalismo

http://contraelnacionalismo.blogspot.com/

contra el nacionalismo

lunes 15 de octubre de 2007
1-¿Hacia dónde avanza el nacionalismo catalán? La pregunta, por supuesto, puede hacerse extensiva a otros nacionalismos y a su significado en las sociedades modernas. Al uso político de unos presuntos “valores de identidad” en tanto “pequeña realidad” alrededor de la cual la sociedad debería “contraerse”, suprimiendo de forma coercitiva las diferencias —ya en sí mismas modernas y complejas—, en nombre de una presunta homogeneidad de origen.

2-El nacionalismo catalán se articula hoy a través de una violencia más o menos solapada, que opera institucionalmente revestida de “buenas maneras” y apoyándose en una historia de “exclusión” y “renacimiento” para proteger “valores de identidad” o “etno-históricos”. A lo cual se añade un reciente nacionalismo radical, que basa en la agresividad hacia los valores y las normas democráticas su política de exclusiones.

3-Pero la sociedad catalana no es sólo multilingüe. No se trata sólo -ni en primer lugar- del lenguaje. Demasiadas variables culturales confluyen actualmente en Cataluña como para que una minoría intente promover un colapso identitario. El nacionalismo no acaba de entender que la aplicación de una lengua no convierte al hablante en la identidad que esa lengua cree reproducir. Ni quiere entender que dicho esfuerzo por parametrar las operaciones lingüísticas no resuelve ni resolverá jamás el complejo problema de las identidades en el mundo moderno. Por otra parte, a partir de tales instrumentaciones –recordemos que el entramado institucional catalán, pagado con el dinero público de contribuyentes bilingües, apoya casi exclusivamente proyectos, eventos y políticas culturales enmarcadas dentro de la lengua catalana–, se crean fracturas innecesarias entre lenguas y culturas que hasta ahora han logrado crear vínculos y armonías saludables.

4-Hoy, en Cataluña, el entramado político, cultural y educacional ejerce una política francamente totalitaria. La reciente Feria de Frankfurt —donde la cultura catalana fue el invitado especial— resulta un ejemplo de cómo puede manifestarse una opción totalitaria desde una sociedad democrática. De cómo se pueden manipular los nombres y las realidades culturales. De cómo el nacionalismo puede quebrar la complejidad de una literatura y reordenarla según mecanismos que no emanan de la complejidad y riqueza de esa misma literatura. Y de cómo la injerencia de los grupos políticos en el campo libre de la creación y la cultura no es sólo una gesticulación ridícula, sino también desestabilizadora y destructiva para la cultura en general y el equilibro social de una sociedad perfectamente bilingüe.

5-Podría pensarse que la reciente expulsión de una escritora latinoamericana de la emisora Catalunya Ràdio por no hablar en catalán es un acto extremo. Pero lo cierto es que hoy muchas instituciones catalanas practican hoy políticas despóticas contra los hablantes en castellano a todos los niveles de la sociedad. En Cataluña se reproducen modelos de control lingüístico en todos los ámbitos —en las aulas, en las universidades, en las oficinas de cultura, en el comercio—, que, junto a las leyes y normas que éstos aprueban y ponen en práctica, conforman una realidad institucional amenazante. No es sólo el sistema de normas y reglamentaciones lo que crea el contexto social totalitario. El “miedo” y la “culpabilidad” son dos emblemas que se usan para ejercer presión sobre los hablantes en castellano. El miedo a ser excluido. La culpabilidad de pertenecer a una lengua “imperial”.

6-¿Qué le espera a Cataluña si se produce una “desagregación” de España? Los actuales síntomas pueden leerse como el preludio de un futuro inquietante, pues la dinámica de una sociedad democrática, que rebasa el reduccionismo identitario, se vería gravemente comprometida por regresiones delirantes sustentadas en valores parciales como la lengua. Regresiones que, en el fondo, no esconden sino el juego de unos poderes que no tienen nada que ver con la libertad esencial de la cultura.


ESCRITORES RESIDENTES EN CATALUÑA QUE SUSCRIBEN LA CARTA

Aníbal Cristobo (escritor argentino)
Ginés Gorriz (escritor cubano)
Ernesto Hernández Busto (escritor cubano)
Pedro Marqués de Armas (escritor cubano)
Radamés Molina (escritor cubano)
Ana Nuño (escritora catalana de origen venezolano)
Rolando Sánchez Mejías (escritor cubano)
Rogelio Saunders (escritor cubano)
Leonardo Valencia (escritor ecuatoriano)


FIRMAS DE APOYO

Carlos Aguilera (escritor cubano)
Jorge Luis Arcos (escritor cubano)
José Eduardo Barros (psicoanalista y fotógrafo brasileño)
Gabriel Bernal Granados (escritor mexicano)
Charles Bernstein (poeta norteamericano)
Régis Bonvicino (escritor brasileño)
Wilson Bueno (escritor brasileño)
David Bustos (escritor chileno)
Fabiano Calixto (poeta brasileño)
Francesc de Carreras (escritor y académico catalán)
Odile Cisneros (traductora y escritora mexicano-norteamericana)
Luis Dolhnikoff (poeta brasileño)
Arcadi Espada (escritor catalán)
Alfredo Fressia (escritor uruguayo)
José Kozer (escritor cubano)
Iván García López (escritor mexicano)
Willy Gómez Migliaro (escritor peruano)
Iván Humanes (escritor catalán)
Jorge A. Pomar (traductor y escritor cubano)
Javier (Azúcar) Iglesias (escritor cubano)
Jose Iraola (pintor cubano)
Jorge Mata (artista plástico cubano)
Santiago Méndez Alpízar (escritor cubano)
Julio Moracen Naranjo (escritor y antropólogo cubano)
Idalia Morejón (escritora cubana)
Antônio Moura (escritor brasileño)
Félix Ovejero (escritor y académico catalán)
Renata Pallottini (escritora brasileña)
Manuel Pereira (escritor cubano)
Xavier Pericay (escritor de origen catalán)
Armando Pinto (escritor mexicano)
Antonio José Ponte (escritor cubano)
José Prats Sariol (escritor cubano)
Solange Rebuzzi (escritora brasileña)
Efraín Rodríguez Santana (escritor cubano)
Jayro Schmidt (artista y escritor brasileño)
Stanislav Skoda (periodista y editor checo)
Leila Soraya Menezes (escritora brasileña)
Michel D. Suárez Sian (periodista cubano)
Daniel Tercero (periodista español)
Amir Valle (escritor cubano residente en Alemania)
Josely Vianna Baptista (escritora y traductora brasileña)
Fabio Weintraub (poeta y editor brasileño)

1.10.07

La patria gutural

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 01/10/2007

Hay indicios crecientes de que el patriotismo extremo conduce a las afecciones de garganta y a un incremento peligroso de la tensión arterial, así como a la recuperación de impulsos ancestrales tan nobles como el escrutinio de la limpieza de sangre y las hogueras purificadoras. El patriota enronquece al manifestar la vehemencia de sus sentimientos, y las palabras brotan de sus cuerdas vocales más como interjecciones, rugidos o gruñidos que como sonidos inteligibles. La pasión le enrojece la cara y le hincha las venas del cuello, con el consiguiente peligro de trombosis o de infarto cerebral. Tuve ocasión de observar de cerca estos síntomas hace ya más de un cuarto de siglo, cuando servía a la patria en mi calidad de soldado de reemplazo, y también cuando tenía la mala fortuna de presenciar alguna concentración de extrema derecha, en aquellos tiempos poco idílicos que vinieron antes e inmediatamente después del intento de golpe de Estado de Tejero. En los cuarteles había algunos mandos modernos y muchos otros acomodaticios, y unos cuantos, temibles, que cultivaban la oratoria del patriotismo gutural. En sus gargantas, la palabra España sonaba como un disparo seco de fusil, casi siempre acompañada de vivas y mueras; se les hinchaban mucho las venas del cuello, y en su vocabulario abundaban palabras como traidor, cobarde, etc. La patria era una cuestión glandular: su órgano rector no estaba situado en el cerebro o en el interior del pecho, sino un poco más abajo, en la entrepierna hipertrófica, que era también la que regía ese mérito inexcusable del patriota, el coraje físico, o, para ser más precisos, aunque algo más crudos, los cojones. La patria de aquella gente estaba definida no por el censo de los compatriotas a los que acogía, sino por los que expulsaba, por los que aniquilaba con sólo mencionarlos. El viva ronco a la patria casi nunca era tan apasionado como el muera con que se fulminaba a sus enemigos, o, peor aún, a los tibios que no la sentían con la debida vehemencia, por no hablar de los traidores que llevándola en la sangre abjuraban de ella.

Al cabo de casi treinta años, de aquellos patriotas genitales, con o sin camisas azules, con o sin uniforme, quedan algunos espectros dispersos que se aparecen en lugares señalados en torno al 20 de noviembre. En cuanto al ejército en el que tantas esperanzas tenían, se ha civilizado acatando escrupulosamente la autoridad civil, y cumpliendo por el mundo misiones de paz y de sustento de la democracia que merecerían más publicidad y gratitud de las que reciben, y que no dejan de asombrarnos a quienes conocimos por dentro aquella institución ineficiente y lóbrega heredada del franquismo.

Los militares se han civilizado, en el sentido literal de la palabra, a lo largo de los últimos veinticinco años, pero en ese mismo tiempo, un número creciente de civiles se han embrutecido. Ahora, el patriotismo extremo no está en aquellas juras de bandera en las que el coronel del regimiento nos alentaba a dar la vida heroicamente por España, posibilidad dudosa si se miraba a corta distancia a los reclutas muertos de aburrimiento, armados con fusiles viejos y vestidos con uniformes no muy limpios que nutríamos las filas de la leva forzosa. Lo he vuelto a ver, no sin estremecerme, en esas imágenes ahora tan frecuentes de la televisión que muestran a los patriotas desatados en Cataluña y en el País Vasco, los que gritaban detrás de livianas vallas de seguridad durante la ofrenda floral del 11 de septiembre en Barcelona o los que acosaban a esa alcaldesa de una aldea vizcaína que ha tenido la singular audacia de cumplir la ley. Otras veces, es verdad, los he visto en persona, y mucho más de cerca. El año pasado, en la plaza de Sant Jaume, manifestaban su indignación por la presencia en Barcelona de mi mujer, Elvira Lindo, y colateralmente la mía, llamándonos asesinos y españoles, y sugiriéndonos la conveniencia de regresar a África, y repitiendo un eslogan que aún hoy me causa cierta intriga: "Bilingüismo es fascismo".

Para un experto en padecer como un escalofrío literal en la nuca la proximidad de los patriotas terminales, me temo que los signos son inequívocos: la cara enrojecida, la hinchazón de las venas del cuello, las gargantas rasposas

como lija después de un esfuerzo sin duda heroico pero también agotador emitiendo interjecciones, amenazas, insultos y anatemas, vivas y mueras. Los patriotas catalanes del once de septiembre, tempestuosos de banderas y enrojecidos por el entusiasmo y por el sol detrás de las vallas que contenían con dificultad su bravura, me recordaron a los que vi aclamar hace muchos años al general Franco en el paseo de la Castellana, hacia 1970, en mi primer viaje a Madrid.

Qué miedo daban. Qué miedo dan éstos. Se me dirá que no es igual aclamar a Franco que a ese actor moderno que al parecer es la estrella más reciente de la soberanía catalana, dar vivas a "Catalunya lliure" o a "Euskadi Askatuta" que a España una, grande y, qué coincidencia, libre. Sinceramente, aparte del vestuario, no veo grandes diferencias. (Imagino, por cierto, que ese actor llevará su coherencia al extremo de no aceptar papeles o remuneraciones que procedan del país opresor). El ronco patriotismo español que padecí durante la primera parte de mi vida se había construido sobre la negación política, cultural y física de los considerados enemigos, de los tibios y de los traidores. Ahora leo en un ilustrado manifiesto catalán que quien no esté de acuerdo con no sé qué afirmaciones patrióticas es "un traidor, un cobarde o un español". Gran adelanto. Las patrias guturales se construyen mediante la adhesión fervorosa, la acomodación y el sometimiento, pero también exigen la limpieza de sangre y la expulsión o la huida de los que no encajan. A uno lo invitan a marcharse, o le hacen la vida cada vez más difícil, o se la hacen del todo imposible mediante el procedimiento extremo de arrebatársela, que es además una excelente medida disuasoria, pues casi todo el mundo, sin necesidad de ser cobarde, español o traidor, ama la vida más que la libertad, y prefiere el silencio o la simulación al destierro.

El patriota necesita traidores y enemigos igual que el inquisidor necesita herejes, y los dos desarrollan una curiosa inclinación por los autos de fe. Nada purifica como el fuego. Los quemadores de banderas y los quemadores de efigies arman sus hogueras entre la aclamación bárbara de sus feligresías, y las diferencias circunstanciales son mucho menos reveladoras que las similitudes, que la terrible fuerza de los símbolos. Quien quema una bandera o un retrato o quien ruge ante las llamas está complaciéndose en el instinto arcaico de un fuego que elimine al adversario y restablezca una pureza siniestra sobre las cenizas. Dicen que cuando Freud supo, aún en su despacho de Viena, que en Alemania los nazis estaban quemando sus libros, comentó secamente: "Vamos progresando. En la Edad Media me habrían quemado a mí". Pero si no lo quemaron a él, como a varios millones de sus semejantes, fue porque había huido antes de que el gran incendio que había comenzado con los libros consumiera a muchos millones de seres humanos.

No hago abusivas comparaciones históricas: digo que cuando se apela al fuego, al rugido y al anatema, la consistencia frágil de la civilización se está debilitando, y con ella el pluralismo que es su valor más preciado, y que no subsiste bajo la coacción. Digo también que quien ruge un "muera" está deseando de verdad la muerte de otro, y que quien envía un anónimo con la foto de una cabeza atravesada por una bala está alentando el asesinato y confiando al terror la tarea desagradable de limpiarle la patria de traidores y cobardes, es decir, supongo, de españoles. Y también digo que un indicio de la confusión ideológica que reina en España es que a esa gente se la considere de izquierdas.

Que la condición nacional o el origen de una persona sean en sí mismo los peores insultos es otro rasgo que distingue a los grandes patriotas. Bien mirado, casi es un refinamiento: no hace falta que te llamen "negro asqueroso", "cerdo judío", "moro de mierda", "español cabrón", porque eso implicaría no sólo un mayor esfuerzo verbal, sino también el reconocimiento de que puede haber negros limpios, judíos decentes, moros respetables, españoles bondadosos.

Cuando mi mujer y yo escuchábamos que se nos llamaba españoles y se nos alentaba a volver a África, personas educadas y afables nos animaban a no hacer caso de aquellos patriotas, diciéndonos que eran "cuatro gatos" (si bien habían considerado conveniente que pasáramos delante de ellos en un coche con los cristales ahumados, no fueran a arañarnos). Algo así viene a decir Rosa Montero en un artículo reciente, en el que descarta como gamberros a quienes quemaron con tanto jolgorio las fotos de los Reyes, y lo mismo hemos escuchado cuando en el País Vasco se habla de esa chusma que incendia autobuses y cajeros automáticos o que no deja vivir a un pobre concejal de pueblo: cuatro gatos, unos gamberros, los de siempre, una minoría de exaltados. Esa disculpa de la irrelevancia de los bárbaros le viene bien a una clase intelectual que debería ser la primera en avisar del peligro y tiene así una coartada para mirar hacia otro lado ahorrándose incomodidades y molestias, al menos a corto plazo. ¿Desde cuándo hace falta una mayoría para sembrar el miedo y amputar las libertades, para amargarle la vida a las personas decentes, incluso para quitársela a alguna de ellas? Los patriotas guturales no necesitan ser muchos para imponer su ley, porque a la mayor parte de nosotros la violencia física nos amedrenta enseguida. Por eso han sido siempre la clase de tropa y, en caso necesario, la carne de cañón que echan por delante quienes se benefician de su bravura patriótica con el ánimo sereno y las manos limpias, quienes construyen sus hegemonías políticas y sus estupendos negocios sobre la brutalidad chantajista de unos cuantos y la conformidad interesada, la indiferencia o la claudicación civil de la mayoría. La patria gutural y la democracia son incompatibles, como sabemos bien quienes crecimos sufriendo la primera y deseando que llegara la segunda. Lo que está en juego ahora mismo en los territorios donde más rugen los patriotas no es tanto la integridad o la dispersión del país, sino la supervivencia misma de las libertades.

Publicado en El País
01/10/2007